El fin de la cuarentena

Hoy, 30 de mayo, se acaba la cuarentena en gran parte de México. Mañana empieza la “nueva normalidad” que -para fines prácticos- va a depender mucho del municipio en el que una persona se encuentre. Y yo cruzo mis dedos para que -aunada a la complejidad de estar en un país tan extenso y tan variados en términos de la concentración de los casos de COVID-19- nuestra sociedad entienda que debe manejarse con prudencia y sin caer en el pánico.

Como mexicana y activista sobre COVID-19 al frente de #CiudadanosActivosMX, las últimas semanas han sido un shock muy fuerte para mí. Frecuentemente me dieron ganas de llorar, pero retomé la compostura, y seguí.

¿Cómo es posible que el gobierno de este país se esperara hasta el 13 de abril de 2020 a compartir la información de los casos de contagio de COVID-19 a nivel municipal, y tuviera a los científicos de datos, epidemiólogos, estadistas y demás tratando de calcular las cifras de los mismos, cuando esa información estaba disponible desde semanas antes? En términos de manejo de información, eso me pareció un crimen, porque se pudo haber sacado muchísimo provecho de tener información para hacer un hacer pronósticos con los datos y poder optimizar los recursos existentes.

¿Cómo es posible que, al principio de la cuarentena, lo único que le preocupaba a muchos miembros de la ciudadanía y de la iniciativa privada fuera acaparar equipo médico (sobretodo, máscaras N95) a grado tal de que los médicos ya ni siquiera las pudieran conseguir para ellos, y que se jugaran la vida atendiendo sin estar debidamente protegidos? Veía en foros en línea solicitudes de miles de máscaras solicitadas por particulares, muchas de las cuales seguramente quedaron guardadas en un almacén, mientras la gente que verdaderamente las necesitaba no las tenía.

¿Cómo es posible que los grupos de Makers (los que han estado poniendo gratuitamente sus máquinas de corte láser y/o impresión en 3D así como su mano de obra para producir caretas de protección que se donan a hospitales) tuvieran que -prácticamente- suplicar para juntar las donaciones para cubrir los costos fijos de fabricación y de logística? Es verdaderamente una pena que

¿Cómo es posible que me contactaran voluntarios buscando unirse a nuestra iniciativa para “apoyar porque tiene tiempo libre y mucho entusiasmo”, y cuando ya vieron que sí había chamba, me dejaran mis mensajes en visto, y no tomaran las llamadas que les hice? ¿O que me contacte gente que “está muy preocupada y quiere ayudar a México”, y solamente me contacte para intentar venderme algo (sobretodo, equipo médico, o material antiséptico chafa y a precios inflados), cuando cada minuto que les he dado, es un minuto perdido para hacer algo ante el COVID-19?

¿Cómo es posible que me contactara gente pidiéndome que le ayudara a promover un hackathon (que no tenía ningún objetivo específico, pero que se tenía que hacer porque “lo indicaba alguien de una sede de eventos tech en E.U.A”), que me pidiera mi opinión honesta y argumentada, y que después me ignorara? Es verdaderamente una pena que no seamos críticos, y que hagamos cosas solo porque “en E.U.A. se hacen”. Compruebo que no solo en Europa a muchos les interesa organizar eventos tech a lo loco (que son pura fachada, pero que dejan muy poco -o nada- en concreto) para quedar bien, en lugar de cuestionarse si mejor pueden ayudar a alguna otra causa que realmente requiera su tiempo y recursos.

¿Qué pasa por la mente de las personas que, por socializar o por algún fin lucrativo, insistían en seguir su vida con visitas y reuniones (incluyendo la del 10 de mayo) diciendo “qué tanto es tantito”, aún cuando a inicio de mayo de 2020 fallecieron cuatro hermanos en Querétaro por haber organizado una reunión? Uno se quedó en casa y salía solamente al súper con mascarilla y -en los últimos días- guantes, para llegar y ver que varios vecinos recibían numerosas visitas sin tomar las mínimas precauciones. Dado que mi experiencia lidiando con vecinos en México no ha sido agradable, pues ni para qué comentarles algo ni intentar razonar con ellos.

¿Cómo es posible que lo que lo que hemos visto sea una falta de interés por el bien colectivo, y un afán de acaparar (y acumular) todo para uno mismo, o hacer las cosas nada más por sacar provecho? ¿Por qué por parte de muchos hay un afán de politizar ciertos asuntos y dividir a las personas? ¿De qué se trata? ¿De creer que todo está bien porque uno tiene Netflix y palomitas, y que lo que pase fuera no es problema de uno?

No quiero faltarle al respeto a nadie, pero es desmoralizante ver cómo el esfuerzo de doctores, activistas, Makers, y mucha gente valiosa y que genuinamente se mueve se va a la borda por actitudes tan individualistas y sin sentido crítico. ¡No se vale!

En un periodo muy corto de tiempo, he visto tanta informalidad, doble cara, fraude, reventa, encubrimiento de información y especulación cómo nunca me imaginé que podría atestiguar en mi vida… y de primera mano.

Como país y como ciudad, la única manera de empeorar y evitar caer en lo que ciudades como Guayaquil, Nueva York o Madrid vivieron o están viviendo, es uniéndonos y siendo colaborativos y empáticos. Ya es incluso un poco tarde, pero podemos corregir esta mentalidad. Y -como lo hago frecuentemente- mi mente vuela a pensar en Japón, un país que adoro y que admiro muchísimo.

Pensemos en por qué Japón es el país que es. Ubicado en una zona de alto riesgo geopolítico, es uno de los países más organizados en manejar crisis de muchos tipos. Y… ¿por qué lo ha logrado? Porque saben que no pueden salir adelante sin unirse en todo. Bien lo digo Guillermo del Toro en una masterclass que dio en 2018 en el museo Bozar en Bruselas : “los mexicanos somos un poco como los japoneses (yo creo que del Toro lo quiso decir en el sentido de ser un país de alto contexto), pero no tan ordenados”. Se vio súper diplomático, porque -con lo que he visto en los últimos días- yo sí hubiera dicho: “…pero tiene muy errado los conceptos de bienestar y acciones colectivos”.

En Japón, hasta las personas que viven en la calle son auxiliadas por el gobierno y por la ciudadanía con respeto, sin ser objeto de burla ni llamado “pobre güey, que se muera de hambre porque le tocó ser jodido con mentalidad de loser”. Nada de clasificar a las personas para ver si merecen o no un trato humano. Allí valoran la dignidad de la persona: se apoya al adulto mayor, se protege a los niños, se respeta el medio ambiente… un país admirable, que -gracias a la colaboración- se repuso de los bombardeos tan horrorosos de Hiroshima y Nagasaki de 1945 para ser lo que hoy es.

En México, somos colectivos y muy organizados para echar desmadre, ver el fucho, firmar iniciativas en change.org, mentar la madre con hashtags en Twitter a lo loco, y pistear. También lo somos en casos trágicos, pero solo cuando ya nos cayó el chahuixtle (como con los terremotos). Sin embargo, no lo somos para lo que es verdaderamente importante: valorar genuinamente el concepto de bienestar colectivo y ser proactivos con una buena planeación estratégica para lograr los objetivos que se hayan indicado. Y si Japón es el país con las cosas positivas tan maravillosas que tiene, es porque la gente sí entiende esos conceptos, y los asimila desde el espíritu, y no desde el ego.

Apelo a la humanidad de quien lee esto para que reflexione sobre sus actos, y que lo tenga mucho en mente, sobretodo por las semanas que van a venir (y en todos los aspectos, porque se van a venir años muy duros). Que deveras NOS INTERESE el bien colectivo. No dejemos que hasta las “bestias” (animales) muestren más humanidad y sentido común que nosotros. Es más, no perdamos nuestra humanidad.

POR FAVOR:

  • Infórmense debidamente sobre el contexto actual y las necesidades del sector médico, y busquen ayudar.
  • No se presten a iniciativas y prácticas de dudosa reputación, que se centran en la acumulación, el fraude, la reventa, y la especulación. Cuestionen a fondo cualquier solicitud de ayuda, y exijan que las intenciones y las cuentas sean claras. Denuncien ante la autoridad si ven esto.
  • Únanse a iniciativas que sí están funcionando, y sean francos en sus intenciones y en los recursos con los que desean aportar.  Eviten maquillar sus intenciones: eso funciona súper bien para captar “leads” en mercadotecnia, pero no es ético usarlo en una situación de contingencia sanitaria… no hay que ser mezquino.
  • Básense en datos duros, y eviten referirse a fuentes alarmistas y que no tengan información verificada.
  • Sean proactivos en las cosas. Piensen en qué pueden ayudar y -si hay alguien que ya lo está haciendo- únanse.
  • Lo más importante: en general, denle prioridad al bien colectivo sobre el beneficio personal. Entiendan que cada persona vive circunstancias diferentes y tiene distintas prioridades, y que hay que buscar entender a los demás y ponerse en sus zapatos.

La cuarentena termina, pero esto no es signo de que todo tiene que ser cómo antes. Es tiempo de ser cautos, y de ver cómo mejorarnos a nosotros y a nuestro entorno.

Gracias por leer estas líneas.

8M y 9M: con la playera bien puesta

En este blog, apoyamos el #ParoNacional femenil del 9 de marzo en México.  Además de participar en él, deseamos contribuir con la venta de playeras alusivas al tema.

La ganancia por la venta de estas playeras será para financiar la terapia grupal de mujeres que han sido víctimas de la violencia; esta terapia será coordinada por la Psicóloga Liliana Vázquez Roa, quien las entregará el 8 de marzo en el centro de Querétaro, Querétaro.

En este gráfico se muestran los modelos disponibles para dama y caballero. Para mayores informes, favor de llenar esta ficha de Google.  Tras llenarla, nos pondremos en contacto contigo. ¡Gracias por ser parte de esta acción!Playeras8M_formato cuadrado

Les dijeron “pinches locas”

Les dijeron “pinches locas” por gritar y pintar una pared para protestar porque le habían matado a sus hijas. Algunos insistían en decir que ellas “no las representaban”. Las regañaron de modo condescendiente por decir groserías (porque una “señorita” siempre debe ser femenina) y por dañar la imagen de su México lindo y querido. Para ellos, esa imagen siempre debe permanecer impoluta, porque (aunque sea una fachada) “cuenta mucho” y es la primera impresión.

A las que íbamos a marchas y protestas (aunque estuviéramos fuera de México) relacionadas con mujeres asesinadas, nos decían “argüenderas” y nos preguntaban qué mosca nos había picado. ¿Cómo se nos ocurría rebajarnos y hacer escándalo? Para ellos, nuestra vida y nuestras preocupaciones debían ser las de unas “reinas en el extranjero”. El simple hecho de escribirlo me da risa de lo ridículo que es.

Pero esos que tanto se burlaron protegidos por su burbujita de cristal… ¿alguna vez se pusieron a pensar en lo que significa la palabra “empatía”? ¿En que no todos viven en edificios con seguridad y con alarmas? ¿En que no todos tienen su cochecito y deben tomar el autobús en la noche para llegar a alguna parte? ¿En lo duro que es tener que escuchar que tu mamá te cuente cómo su brillante alumna del CBTis 118 tuvo que suspender sus estudios por el trauma de, tras volver de su trabajo, ser violada a unas cuadras de su casa cuando volvía caminando por la noche? Hay tantos casos… pero para ellos son invisibles, y no es de su interés hablar sobre ellos.

No tiene caso intentar hablar sobre el tema con quien nunca le ha interesado escuchar, profundizar ni entender los matices de la vida. A ellos ni siquiera les ha preocupado ahondar en lo que esa palabra pueda significar. Ellos solo se quedaron en su puto (¡lo siento por decir semejante palabrota, ya no me van a querer ni hablar por no ser una señorita decente!) mundito donde todo es bien cool y las pláticas solo son de las cenas de sus business contacts… perdón, quise decir “amigos” de su club de negocios, o de lo felices que son al empoderar a las mujeres a través de darle las herramientas didácticas a sus hijas para que sigan ganando el primero lugar en los spelling bees de su escuela privada bilingüe.

El resto del mundo, lleno de “los jodidos” donde “a las pobres mujeres se las golpean por dejadas e ignorantes”, realmente no existe para ellos. Así me lo dijeron: “el mundo es de ganadores y perdedores, y uno no puede hacer nada en contra de eso y hay que aceptarlo”. Su mundito de blanco y negro, polarizado y pseudo racional, no da para más.

Texto basado 100% en mi experiencia personal. Por desgracia, nada de este texto es ficción.

La papaya indiscreta

Esa mañana de sábado, Victoria y yo estábamos sentadas en una terraza junto a un parque, disfrutando de los últimos días de verano. Sus hijas jugaban mientras nosotras pedíamos una segunda ronda de krieks.

– ¿Cómo te vas a ir vestida a la fiesta del Grito? – me preguntó Victoria.

– No voy a ir – respondí.

– ¡Pero si se pone muy bien! ¿Cómo que no vas? – insistió.

– Esta vez paso de largo. Va a estar alguien a quien no me interesa ver.

Hay historias que uno cree dejar atrás como cuando se clausura un edificio con grietas tras un sismo: con sellos que no deben ser violados, teniendo la expectativa de que esa construcción –o relación- será demolida a la brevedad. Al final, terminaría en escombros y –con el tiempo- nadie se acordaría de que alguna vez existió. Pero ese tipo de cosas no siempre ocurren como uno espera.

Dos días antes de encontrarme con Victoria, Cristian me había contactado. Me sorprendió tanto ver su nombre en la pantalla del chat de MSN, que al principio creí que era alguien más. Empezó a chatear sin pena alguna, preguntándome en tono familiar qué había sido de mi vida desde la última vez que nos habíamos visto, como si esos cinco años que habían pasado hubieran sido solamente un par de meses y hubieran incluido un fraternal abrazo de despedida. Sin ánimo de compartirle mi vida, fui al grano y le dije que no entendía qué quería de mí. Me pidió que no lo tomara a mal, pues me apreciaba y tenía un recuerdo muy grato de mí. Comentó que casualmente sabía que yo vivía en Bélgica, y que le gustaría verme para ponernos al tanto de nuestras vidas ahora que él acababa de llegar a vivir a Alemania. Me propuso encontrarnos en la fiesta del Grito de la Embajada de México en Bruselas porque le habían dicho que se ponía muy bien, además de que tenía muchas ganas de conocer Bruselas y – ¿por qué no? – de pasar a conocer el pueblo en donde yo vivía.

– ¿Qué? ¿Un exnovio tuyo de México que quiere venir a Lovaina? ¡Suena a recalentado! – dijo Victoria en tono jocoso.

– ¡Ni en sueños! Puede haber mil teorías de qué quiere, pero lo importante es lo que yo quiero. O –mejor dicho- lo que yo no quiero.

-Hablando en serio, ¿qué tal si es el destino? ¿Y si fuera el amor de tu vida?

Miré a Victoria con una profunda ternura, y luego con sorna. Si algo valoraba de ella, era su ánimo positivo y su falta de malicia. A veces me parecía más noble e inocente que sus hijas. Pensé que, si no fuera por alguno que otro golpe de la vida, yo sería igual que ella.

– Son cinco años desde que me cortó. Es capítulo cerrado.

– ¿Y si él se dio cuenta que fue un error?

– ¿Error? Pero si él ya hizo su vida, y yo la mía. ¡Si hasta se casó!

– ¿En serio? No te importa, pero bien que lo has stalkeado y sabes que está casado, ¿verdad?

-No me puse a investigar sobre su vida. No fue así como me enteré.

Unos años antes, yo estaba de visita en casa de mi abuela, en un pequeño pueblo abajeño. Ella andaba muy apurada preparando el desayuno. Le pregunté en qué podía ayudarle, imaginando que me pediría que hiciera jugo.

-Pela y corta la papaya. Ya debe estar buena – me dijo mi abuela, mientras señalaba un bulto que estaba en la canasta de la fruta.

“No, la papaya no, por favor” me dije mientras pensaba con pereza en todo el trabajo de pelarla, cortarla y quitarle esas asquerosas semillas pegajosas. Resignada, tomé el bulto y me senté en una mesa. Desenvolví el periódico que cubría la papaya, y me asomé por debajo de la pequeña mesa buscando el bote de basura para acercarlo a mis pies. Empecé a estrujar ese pedazo de periódico en mis manos para compactarlo y tirarlo, hasta que percibí una incisiva mirada proveniente del mismo. Era tan penetrante como la última vez que la vi, cegada por las cataratas de lágrimas que lloré en esa fría tarde de febrero del 2000.

Tomé el pedazo de periódico y empecé a alisarlo. No había duda: era Cristian, portando un esmoquin y abrazando a una chica vestida de blanco, que era la única que sonreía. Me pregunté si a quien seleccionó esa fotografía no se le pudo haber ocurrido escoger otra: no solo para alimentar el ego de Cristian mostrando un ángulo más favorecedor, sino para que verdaderamente pareciera que estaba asistiendo a una boda – la suya – y no a un funeral. En la siguiente imagen, él estaba parado junto a esa exsuegra mía, la que a cada rato mencionaba lo mucho que quería nietos. Reí pensando que ahora podría tener muchos, y suspiré aliviada sabiendo que no era yo la que se los iba a dar. Sin siquiera leer la nota ni ver la fecha de publicación, arrugué de nuevo el periódico, lo tiré al bote de basura y me apresuré a pelar la papaya para que sus cáscaras y semillas cubrieran esa mirada y se pudrieran junto con ella.

-Así me enteré. Bendita papaya: de la que me libró. Era lo que necesitaba para cerrar ese ciclo. Nada más faltó la musiquita de José José cantando: “ya lo pasado, pasado”.

Victoria no paraba de reír. La miré, sorprendida.

– ¿Por qué te da tanta risa? Sabiendo lo pito alegre y machistas que eran en su familia, no me sorprendería que Cristian buscara a alguien a espaldas de la esposa para ver qué le saca. O quizás ya hasta se divorció. ¡Qué sé yo! Sea lo que sea, no es mi asunto.

-Si me río, es por lo de la terapia de la papaya. No me puedo imaginar tu cara mientras la desenvolvías. ¿De veras pasó?

-Claro. ¿Crees que lo hubiera inventado? Fue como… ríete lo que quieras, pero sí fue una especie de señal divina. Imagínate: ¿qué hubiera pasado si, en lugar de papaya, mi abuela hubiera preferido comprar guayabas, manzanas o peras, o cualquier fruta que no se tenga que envolver para que madure? Me pude haber quedado con la espinita del tipo ese bien clavada y –hasta en un momento de locura- hasta podría haber sido ser yo la que se hubiera ido a buscarlo a Alemania al recalentado, ¿te imaginas?

-Es que de veras es muy divertido. Y no hablo del tal Cristian: ahora entiendo por qué no quieres ir a la fiesta. Lo que me causa mucha gracia es toda esta situación de la papaya. ¿Has pensado en escribir algo sobre eso?

-No, para nada. Es algo privado, ¿no? Aunque sí fue bastante chusco. En el momento no, pero ahora lo pienso y me da risa. Es de esas cosas que no pasan a diario.

Ese año no fui a la fiesta del Grito. Cristian siguió saludándome por el chat, pero a los pocos días dejó de hacerlo. No he vuelto a saber de él, pero si lo viera, le daría las gracias. La anécdota de la papaya, que no pudo haber existido sin él, fue el acicate para empezar a escribir. Primero, de modo irregular y sin guardar lo que escribía; luego, iniciando un blog personal y -años más tarde- redactando artículos sobre temas de tecnología.

Fue en esa última etapa, cuando sobrevivía aprendiendo la jerga y los conceptos de Inteligencia Artificial, que hubo un momento en el que me pidieron que escribiera una gran cantidad de textos en un periodo de tiempo muy corto, a fin de publicarlos en línea para promover un proyecto. Estructurar los conceptos de modo que fueran entendidos y disfrutados por clientes potenciales me dejó con un dolor de cabeza. Ni siquiera el hecho de que uno de esos textos llegó a tener miles de vistas me hizo sentir algún tipo de satisfacción. Más bien, lo sentí como un chasco: se había roto el encanto de sentarme ante la computadora a teclear mis ideas buscando desarrollar una habilidad creativa, donde no importaba quién iba a leer lo que escribiera, ni si iba a ser celebrada con likes o shares. En ese momento me cuestioné si quería seguir escribiendo de ese modo y para ese fin. “¿Por qué escribes?”, me pregunté. O -mejor dicho- ¿qué fue lo que me había hecho empezar a escribir?

Allí entendí que, cuando se escribe, lo mejor es hacerlo por placer y no por obligación. Escribir con placer -con el erotismo de que produzca placer- es cuando se busca revivir algún hecho, sentir de nuevo las emociones del pasado, o reír por dentro ante lo ridícula que la vida puede llegar a ser. Ese placer no es solo al momento de escribir, sino de saber que se está construyendo un archivo con esos textos que –tras unos años- uno puede sentarse a leer de nuevo. Ese placer vive en momentos de recrear ilusiones, en donde los alter-ego hacen y deshacen lo que solo en algún sueño se puede vivir o lo que en alguna película se puede recrear. Ese placer duele en momentos de enojo y tristeza, cuando se escriben cartas llenas de odio y desolación que se queman para pisotear las cenizas a manera de un vudú literario contra quien resulte responsable.

La mayor parte de lo que mis dedos teclean solo lo leen mis ojos. Venero esa relación de complicidad secreta e intimidad con la escritura por la variedad de posibilidades que ofrece, permitiéndome estar en donde me plazca y haciendo lo que quiera con mi mente, cuerpo y entorno. Valoro la autonomía para, a través del teclado, alzar la voz cuando veo que algo no está bien. Me seduce la libertad de transformar lo cotidiano en algo mágico, como cuando una simple papaya habla para convertirse en sanadora de corazones.

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Epílogo

Escribir este cuento no solo me hizo recordar la graciosa anécdota que lo originó, sino que me enseñó la importancia de documentar los sueños, analizarlos, y darles el final que traiga paz o nutra la imaginación. También fue un recordatorio de darle vida a los álter egos, mostrando admiración a quienes nos han inspirado o a ese yo oculto que el modelo de educación nos hace olvidar.

¡Ah! ¡Qué despiste el mío! Es también un tributo a esa bella mujer que tanto amo y que tanto ama cortar diariamente su papaya.

Por Whatsapp no, por favor

Entre tantas redes sociales, es importante desconectarse de ellas para  recuperar espacios personales y propiciar conversaciones reales y significativas sobre política.

-Te quiero pedir algo- le escribí a cada uno.

Por varios meses, ese par de conocidos habían convertido nuestras conversaciones de WhatsApp en pasarelas de memes, cadenas y videos viscerales.  A pesar de estar a 10,000 kilómetros de distancia uno del otro y de no conocerse, compartían el gusto por el activismo en línea: uno no cesaba de recordarme su pejefobia, y el otro, de tildar de desalmado neoliberal a cualquiera que tuviera un negocio. Yo no había sido más que su mudo espectador … hasta ese día.

-Por favor, ya no me mandes más mensajes sobre política- me animé a teclear. Pasaron varios algunos segundos para que, finalmente, presionara el ícono de “enviar” en cada una de las 2 conversaciones. Las respuestas no tardaron en llegar:

-Es una pena que no te interese informarte sobre lo que te rodea- escribió mi paisano, un hombre de negocios y miembro de un círculo conservador anti-AMLO.

-Si pensamos en la insignificancia de nuestra especie, vemos que solo las ciencias, la filosofía y la política dignifican- contestó mi amigo comunista, que vive como refugiado político fuera de su país.

“En estas cosas nunca queda uno bien”, pensé, y a cada uno le respondí lo mismo:

-Te agradeceré que respetes mi solicitud. Por Whatsapp no, por favor-, escribí, seguido de un emoji de carita guiñando, para que constara que mi comentario iba en son de paz.

No tenía ganas de decirles que, de entrada, sí me daba un poco de tristeza que, siendo personas que aprecio, me mandaran más mensajes sobre política (con meme’s y cadenas con datos que seguramente ni siquiera había corroborado, y que yo llevaba meses -muchos meses- ignorando) que  sobre temas personales. Tampoco quise explicarles que busco mantener mi WhatsApp libre de contenido político (¿o qué no tiene uno ese derecho?). Se entiende cuando uno que otro contacto de vez en cuando hace referencia a algún hecho político, pero de eso a recibir el caudal de comentarios sobre ese asunto hay una gran diferencia.

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Limitar cierta red a temas personales no es sinónimo de querer aislarse en una burbuja: así como le doy importancia a preservar espacios para el ámbito personal, también busco informarme de política, pero no a través de memes, cadenas y videítos, sino de fuentes argumentadas con posturas variadas. Esto tampoco lo comenté con mis conocidos activistas de WhatsApp  porque  –conociéndolos – el que no piense igualito a cada uno de ellos, ni decida ver las cosas solo desde su única perspectiva (y solo basándome en las fuentes que ellos me indiquen), automáticamente me clasifica como “ignorante, poco inteligente y desinteresada sobre el acontecer político”. Afortunadamente, mi solicitud fue escuchada y mi cuenta de WhatsApp por fin descansó de ser cauce de ríos proselitistas,

y yo me quedé pensando en el modo en el que hablamos sobre política.

En estos tiempos, me entristece ver que, antes de dedicar un poco más de tiempo a buscar fuentes serias, la discusión muchas veces se quede al nivel de lo que alguien publique o comparta (sin primero validarlo y cuestionarlo), y manteniendo un tono ofensivo. Me pone de malas que, por más que se hable de las fake news y de los peligros que conlleva compartirlas, a medio mundo le importe un pepino y las difunda tan a la ligera. Sobretodo en WhatsApp, que es una aplicación tan usada, al compartir información debemos ser muy conscientes de la responsabilidad que esto conlleva.

Si ampliamos el espectro, veremos que en todos los canales hay bemoles: las dos redes más usadas para noticias -Twitter y Facebook- están llenas de bots compartiendo mentiras y de trolls buscando sangre a más no poder. La única excepción son los foros con moderadores en Facebook, pero no creo que aún sean representativos del modo en el que esa red se maneja. Al menos, en algunos canales, se puede limitar lo que uno ve, pero en WhatsApp no se puede modificar el flujo de información. Uno debe leer todos los mensajes para saber si algo es relevante o no:  eso toma valioso tiempo personal y preciado espacio de la memoria del teléfono.

Me pregunto si, así como la estampita que algunos ponen en su casa de “no se recibe publicidad de ‘x'”, ¿no se podrá poner algo similar en mi perfil de WhatsApp? Podría ser un anuncio visible o ventana emergente que diga algo así:

“En esta cuenta no se aceptan mensajes sobre política (de cualquier tipo). Si quieres discutir sobre el tema, invítame a un café (aunque sea virtual), o a un círculo de discusión, evitando a) usar burla y sarcasmo, b) llamar “no inteligente” a cualquiera que difiera de tu postura, y c) tomar como certero contenido no verificado o tomado de influencers. 

¡Gracias!” 

¿A poco no estaría genial? Al menos proactivamente ayudaría a que muchas cuentas de WhatsApp no se conviertan tan fácilmente en un repositorio de spam político.

Pero… si lo vemos en términos generales, ¿cuál es el objetivo? Si el punto es cómo discutir y aprender sobre política, más que encontrar el canal adecuado para hacerlo, lo primordial es entender con qué tono y actitud podemos abordarla. ¿Por qué lo digo? Porque se antepone la necesidad de que cada uno tenga que ponerse una etiqueta (en la línea de “soy de izquierda” o”soy de derecha”) y ser un sabelotodo, en lugar de valorar el principio de aprender y compartir información para matizar posturas y romper con dicotomías simplistas (y simplonas).

Cuántas veces me pasó que, cuando alguien compartía en redes sociales algunas líneas sobre un suceso político, y –por genuina curiosidad- le pedí que por favor ahondara en el tema (ya sea dando más detalles de su postura, explicando el contexto, o compartiendo una fuente confiable), ¡ardió Troya! En el mejor de los casos, me ignoraron… pero fue frecuente que me respondieran con un “pues búscalo tú”, un comentario sarcástico, o una acusación de ser partidaria/detractora de “x”. Parecía que el hecho de preguntar sobre el tema era un sinónimo de retar personalmente a alguien… y fue en esos momentos que recordé con añoranza a mi “Club Hispano”.

Fue hace algunos ayeres, saliendo de la cineteca del pueblo belga en el que vivía, cuando conocí a mi amigo Bert, y él me invitó al “Club Hispano”, que él presentó como “un grupo de discusión entre amigos”. Me llamó la atención que me invitara, pues ese formato me parecía limitado a círculos académicos, pero me “di chance” de ir, y eso es algo que cambió totalmente mi manera de escuchar a otros y de discutir un tema.

Las reglas del Club eran muy simples: alguien presentaba un tema político (de cualquier parte del mundo), se explicaba el contexto, y se ponía a discusión, con un moderador de por medio. Todo, en un ambiente informal, honesto y respetuoso, en donde no se le hacía menos a nadie, ni nadie trataba de imponer su ego. Había gente con posturas y experiencias variadas, pero la dinámica permitía mantener una sana línea de discusión. ¡Cómo disfrutaba de esas tertulias!

Extraño ese ambiente, en el que el ánimo era compartir y aprender.

Ya casi se cumple una década desde la primera vez que fui a la primera sesión de ese club de discusión, que me enseñó sobre tolerancia y  la necesidad de explorar los matices y diferentes posturas de un tema. Desde entonces, se han abierto más canales y plataformas digitales, y -pese a que la gente se ha vuelto más activa en línea- triste e irónicamente el modo de “comunicarnos” en línea va en declive.

Parece que publicar y reenviar información es desenvainar una espada para, apoyados por el ego, tratar de enterrarla en alguien y ganar por ganar. Lo que menos se busca es intercambiar argumentos, crecer intelectualmente y desarrollar nuestro sentido de crítica constructiva. Como le dije hoy a un amigo: “los medios digitales se han vuelto un caldo de cultivo de ofensas y de dimes y diretes: muchas veces no hacen más que volvernos más brutos”.

chumel_tweetA esto, hay que añadirle el rol de uno que otro influencer que, cuando habla de política, se escuda en la “libertad de expresión” para mentar madres a más no poder y agarrarse de lo que sea para crear polémica y llamar la atención. Lo único que parece interesarle es “ser popular” para seguir llenándose los bolsillos con sus shout-outs, contratos y patrocinios. Algo parecido pasa con muchos conferencistas y escritores: si venden libros o los contratan para dictar conferencias es más por su sensacionalismo que por la calidad de sus argumentos. Creo que estábamos mejor cuando teníamos menos recursos para intercambiar posturas, pero cuidábamos más a quien le dábamos credibilidad.

A pesar de tener un constante interés en conocer las diferentes posturas sobre temas políticos, en el último año he ido perdiendo el interés en involucrarme en este tipo de discusiones: tanto en línea, como presenciales. Aunque soliciten mi opinión, he aprendido a escoger mis “batallas” y reservarme mis comentarios para evitar terminar en discusiones bizantinas, dominadas por la agresividad y el ego.

Solo me animo a tocar temas de política en persona si –independientemente de la postura ideológica de con quien esté hablando- tiento un poco las aguas y tengo la sensación de que algo interesante y debidamente argumentado va a salir de allí, y de que hay suficiente tiempo para profundizar debidamente en la conversación. Esos momentos son poco frecuentes, pero valen la pena: enriquecen mi conocimiento, hacen que comprenda mejor mi entorno y logran que restaure mi fe en la humanidad.

Podrá haber cada vez más elementos para detectar fake news, bots y manipulación de información, pero eso no es garantía de que se desarrolle el sentido crítico. A nivel individual, no queda otra más que ser muy selectivo en el uso en redes sociales, dejar de seguir a uno que otro en Facebook y en Twitter, y tener el valor para pedir -en son de paz- que mi WhatsApp sea un rinconcito libre de política, proponiendo compartir un cafecito para (volver a) tener conversaciones reales.


P.D.: Para Bert.

Bert querido, te agradezco muchísimo esa invitación al Club, así como todas las lecciones que me has dado. Me ayudaste a que cambiara mi manera de entender lo que me rodea: siempre tendré eso presente. Hartelijk bedankt!

Juan en la puerta de la eternidad

Ayer fue un día que no podré olvidar.

Varias veces le había mandado un mensaje a Juan (no es su nombre verdadero) preguntándole cómo estaba, o invitándolo a salir, y no había tenido respuesta. Asumí que simplemente me estaba evadiendo, porque a veces así lo había hecho con nuestro círculo de amigos. Y ayer, cuando –por azares del destino- alguien me preguntó si sabía dónde conseguir cierto mueble, me acordé que hace pocos días él había anunciado uno en venta, y miré su perfil de Facebook para ver si aún estaba disponible.

El anuncio seguía allí,  junto a 2 posts  recientes de familiares suyos diciéndole que lo amaban y que esperaban encontrarlo en un futuro. Fui a ver mi celular, y me di cuenta que él llevaba más de una semana sin revisar su Whatsapp. Le avisé a nuestros  amigos en común, y uno de ellos pudo confirmar de buena fuente que tenía varios días de haber fallecido.

No hace falta preguntar qué pasó, pues en la última vez que nos vimos, me dijo que no veía otra opción más que la muerte.  Tampoco tengo ni necesito saber los detalles, porque quiero hablar sobre el tema de una forma reflexiva y sin morbo.

En enero pasado, un amigo en común que vive en otra ciudad nos pidió a mi amiga y a mí que nos acercáramos a Juan, pues  sentía que le haría bien conocer a gente  en quien pudiera confiar. Quedamos en tomar un café, y allí nos abrió su corazón: nos  habló sobre su lucha de muchos años contra la depresión, producto de muchas circunstancias, entre ellas haber sido parte de una secta religiosa que no hizo más que  crearle prejuicios y robarle oportunidades. A pesar de los reveses, no se había dejado vencer y había buscado apoyo psicológico y psiquiátrico  para  seguir adelante.

Después de ese café, solamente vi a Juan 5 veces más. Casi nunca aceptaba encontrarse con alguien. Siento que temía ser juzgado, y se sentía mucho más cómodo chateando. Hace 9 semanas, compartió esta imagen en su muro de Facebook:

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No faltó el cabrón que escribió en la zona de comentarios “¡Rescátenme, rescátenme!” en un tono burlón. Esa falta de sensibilidad me dejó pasmada. Un buen amigo se preocupa si te sientes mal, y no busca ridiculizarte por expresar si estás triste, aunque sea con un comentario en Facebook. Quiero pensar que quien hizo ese comentario quiso hacerse el chistosito, y que nunca pensó que le estaba diciendo eso a alguien con una depresión muy profunda.

Aunque continuamente le ofrecimos ayuda en lo que necesitara,  Juan no quiso aceptarla. La última vez que lo vi, 2 meses antes de su muerte, estaba deshecho. Me había pedido que fuera a su casa porque se sentía muy mal. Pasamos varias horas platicando sobre su vida y sus problemas.  Me agradeció haber ido a escucharlo, ya que eso era la ayuda más valiosa que alguien podía darle. Le pregunté de qué otro modo podía ayudarlo. Me dijo que no tenía caso, pues sentía que ni tenía fuerzas para recibir ayuda, pues ya no quería vivir.  Era ya muy tarde para hacer algo más.

Supongo que ya no confiaba mucho en los demás, pues durante esa última conversación me dijo que recientemente había pedido ayuda  sobre un tema profesional a diferentes amigos que conocía desde hace  muchos años, y que lo habían ignorado. Después de esa vez, seguimos llamándonos y hablando por chat, pero Juan ya no quiso más verme a mí ni a nadie de nuestro círculo de amigos. Mencionó estar ocupado bajo el pretexto de que se iba a mudar a otra ciudad, y yo entendí que ya no lo iba a ver más y que tenía que respetar su decisión. Quizás por eso su partida no me sorprendió, aunque no por eso deja de ser dolorosa.

Me queda la tranquilidad de que nuestro grupo de amigos hizo todo lo posible para apoyar a Juan. Al mismo tiempo, me cuestiono por qué aquellos que lo conocían desde hace mucho y a quienes pidió su ayuda lo ignoraron.

Todo esto me hace pensar sobre lo mucho que nos hace falta aprender como sociedad sobre la amistad, la solidaridad, y la salud mental. Me preocupa que se promueva ese concepto tan errado sobre las relaciones humanas, en la que todo debe ser siempre alegre y que los momentos difíciles se disipan con irse a alcoholizar y tomarse selfies que salgan chidas para subirlas a la red. Ese concepto en el que la tristeza y la depresión no se debe mostrar, sino que –cuando alguien se anima a exteriorizar estos sentimientos- se topa con la burla y la indiferencia.

En una época en la que las relaciones tienden a ser más pasajeras y en que las familias son más pequeñas, es indispensable que seamos sensibles en escuchar a quienes nos rodean. Por favor, respetemos cuando alguien se abre y nos comparte su dolor. Si podemos ayudar, hagámoslo. Si no,  al menos mostremos empatía. Evitemos el sarcasmo y la burla: de veras que no ayuda.

Si estás pasando por un mal momento, pide ayuda. No te encierres. Ábrete con quienes te rodean. Si esto no ayuda, solicita ayuda profesional.  No hay de qué avergonzarse.

Cooperemos para que el tema de la salud mental sea discutido sin estigmas

Juan, te agradezco la enorme confianza que depositaste en mí durante el poco tiempo que nos conocimos. Gracias por esa sonrisa y esa disposición por ayudar en todo lo que yo necesitara. Te recordaré como una persona con una enorme sensibilidad. Ahora estás en la puerta de la eternidad, como el título de esa película sobre Van Gogh que fuimos a ver y que casi te hizo llorar. Descansa en paz.

“Las Niñas Bien” (y sus mirreycitos)

 

“Ándale, vamos a verla. Está inspirada en los personajes del libro de Guadalupe Loaeza”.

Mientras mi amiga Cris estaba emocionadísima mandándome el tráiler de la película, yo me preguntaba si de veras podría acompañarla.

“Sí, mi mamá me platicó de eso”, le dije. Justamente, el día anterior mi mamá me había preguntado si la acompañaba al estreno de “Las Niñas Bien”, y –al igual que a Cris- le había dicho que no me latía mucho.

Unas décadas atrás, leí el libro de “Las Niñas Bien”, pero recuerdo que no me había quedado buen sabor de boca. Lo leí estando de visita en casa de alguien: de esos día en que –de niño- te levantas temprano, te empiezas a aburrir y ves qué hacer (no, no había smartphones)… y empiezas a ver qué libros hay, y terminas eligiendo un poco al azar.

Recuerdo el sentimiento de ñoñez al leer las líneas de Guadalupe Loaeza: de sentir esa las ninas bien portada librofalsa esfera de comodidad que –por sus referencias chilangas poco familiares para mí- me parecía lejana, pero que a la vez me recordaba a muchas de las mamás de los niños de la escuela a la que yo iba: tan emperifolladas y perfumadas, preocupadas por su activa vida social y por la superficialidad de sus “looks” y sus pertenencias.

Quizás por eso no disfruté leer ese libro: por la incómodo que me resultaba recordarme el ambiente tan falso que me rodeaba, y del que tanto deseaba alejarme.

“Ándale, vamos a verla”, insistía Cris… y terminé yendo ayer a verla. Y qué bueno que lo hice. Han pasado muchos años desde que leí el libro de “Las Niñas Bien” y eso me ha permitido ver otros ojos la versión en cine dirigida por Alejandra Márquez Abella. Sin afán de soltar la sopa sobre la trama (porque sería una pena), les comparto mi reflexión “salidita del horno” sobre esta película.

Esos años ochenteros

De entrada, creo que la ambientación está muy bien cuidada. A los que crecimos en los ochentas nunca se nos olvidará ese maquillaje con el delineador azul verdoso en los ojos, esas hombreras enoooormes que las mujeres usaban, o el pelo esponjado con su dosis de Aquanet…

Pero más que la moda, la decoración, o los objetos de esa época, creo que el punto que más aprecié fue cómo mostró la evolución de la crisis económica de inicios de los ochentas, teniendo como clímax una burla (maravillosa) hacia uno de los principales autores de la misma (ese que dijo “defender el peso como un perro”). Me deja pensando en la necesidad que tenemos como ciudadanos de no olvidar la historia, y de siempre cuestionar a los políticos (sin importar cuál sea su orientación política).

Aprecio mucho cuando una película muestran el contexto político de la época. Habrá quién abuse de esto y busque innecesariamente politizar una situación, pero cuando es sutil, se convierte en una forma para entender mejor la realidad de los personajes.

La mujer florero

El segundo punto se refiere a la posición de la mujer en la sociedad. La visión de Sofía, el personaje principal, es de buscar la felicidad a través de la imagen, desde casarse con el hombre que su madre le decía “porque era de buena familia” (aunque quisiera a otro), vivir juzgando (y siendo juzgada) por temas irrelevantes (como la pérdida de la virginidad), y filtrar a sus amistades por su posición.

Antes de ver “Las Niñas Bien”, me daba la impresión de que podría tener bastante similitud con la película “Blue Jasmine”, en donde vemos a una ex socialité, Jasmine, que trata de adaptarse a su nueva humilde vida. El punto en común de las dos películas es ver a las protagonistas de cada una pariendo chayotes cuando pierden su riqueza, pero mientras que en “Blue Jasmine”, la trama se convierte en una comedia sobre el deterioro del estado mental de Jasmine tras perder todo, en “Las Niñas Bien”, se ahonda en el entorno de Sofía durante en el periodo en el que empieza su derrumbe. Sofía aún puede tomar decisiones de su vida, y no lo hace. ¿Será porque nunca he tenido que tomar riesgos?

El rol de muchas mujeres como Sofía era ser “mujer florero”: estar en casa, mantenerse lindas y conservar su fachada. No les pasaba por la mente el riesgo de que su status quo se viniera abajo por alguna situación en la que su estabilidad económica y familiar se pudiera venir abajo. Ante esas situaciones, la solución era ignorar el problema: desde endeudarse pidiendo prestado para mantener un tren de vida que ya no era sustentable, hasta “hacerse la mensa” si una se enteraba que su marido se va a ver strippers.

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Por fortuna, hoy miro a mi alrededor y veo que, al menos, ya hay mucha más conciencia entre las mujeres en tener habilidades para salir adelante por sí solas. Más allá del factor del lado económico, sí creo que el ser mujeres más activas también está contribuyendo a que haya una dinámica familiar más sana, y que se discutan más abiertamente temas como una planeación financiera familiar a largo plazo, cómo afrontar el alcoholismo, qué tipo de valores promover hacia los hijos e –incluso, cuando ya se ha tratado todo- cómo separarse antes que seguir en una situación que ya no es rescatable.

El mirreinato

“Y es que mujeres como esta fueron las que generaron que hubiera mirreyes”, me dijo Cris al salir de la película. Y sí, es esa mentalidad de “exclusividad” de Sofía (por ejemplo, al decirle a sus hijos que “no se junten con mexicanos”) que explica cómo han proliferado los mirreyes.

Durante una buena parte de mi infancia y adolescencia (en los ochentas y principios de los noventas), conocí de cerca el mirreinato. Vivía en una colonia campestre, en donde la escuela más próxima era la más elitista de mi ciudad (Querétaro). Mis padres me inscribieron en ese colegio por su nivel de idiomas, aunque seguramente nunca se imaginaron el ambiente tan pesado que existía.

Sufrí muchísimo bullying durante la primaria y la secundaria. Recuerdo cómo disfrutaban burlarse de mí por –entre otras cosas- no llevar “ropa de marca” (cuando, hasta a la fecha, me desagrada comprar algo, y/o mostrarlo, solamente porque sea de marca); incluso, cuando yo tenía once años, un par de niñas hicieron una pequeña reunión para “darme una sorpresa”: regalarme ropa de marca que ya no usaban para que yo pudiera “estar a la moda”. La obsesión por la imagen estaba acompañada por una falta de sensibilidad enorme, en donde los padres no sólo no ponían límites a sus hijos, sino que les aplaudían sus aires de superioridad. Parecía que creían que con “soltarles la cartera” estaba educando sus hijos.

Por fortuna, antes de empezar la preparatoria, pude convencer a mis padres de cambiarme de escuela. Y, aunque ya no sufría el bullying que tuve que aguantar por 10 años, el mirreinato seguía presente, aunque en menor medida. Me acuerdo de que, en unas elecciones de la planilla, un papá le prestó a su hijo su coche deportivo para que lo pusiera adentro del pasillo principal (aún no entiendo cómo la escuela permitió esto) para “apantallar” a los otros chavos para que votaran por la planilla de su hijo. O de cómo la mamá de este mismo chico empezó –a la hermana del niño- a teñirle el pelo de rubio, ponerla a dieta y maquillarla aún siendo muy niña para que en el futuro fuera “reina de Querétaro”. En fin…

Más allá de simplemente pensar en el mirrey como el juniorcito elitista que se cree que puede pasarse de lanza en la escuela o en un bar por “ser hijo de…”, el efecto de este fenómeno es mucho más profundo. Por ejemplo, pienso en ese montón de personas que, sólo por sus influencias y compadrazgos políticos, consiguieron trabajos con salarios ridículamente altos como funcionarios. En términos políticos, veo el mirreinato como una de las causas del cáncer de la corrupción y la impunidad.

Me da gusto que en México, cada vez se cuestione más los límites de los mirreyes, pues el problema no es sólo que ellos existan, sino que la sociedad los tolere. Espero que, por todo el camino político que México ha pasado, sigamos creciendo para ser una sociedad más crítica e igualitaria.

Previsión financiera

Otra de los puntos que podemos aprender de “Las Niñas Bien” es la necesidad de aprender más sobre finanzas personales. A pesar de ver la tempestad que se acercaba, Sofía insistía en mantener un estilo de vida muy lujoso para poder cubrir las apariencias, en lugar de preguntarse qué cambios debía hacer. Claro, es difícil adaptarse a algo más humilde, pero es mejor que llevar un estilo de vida insostenible.

Si uno voltea a su alrededor en México, muchísimas cosas se pueden pagar a “meses sin intereses”, y los bancos están bombardeando a uno con la oferta de incrementar el límite de la tarjeta de crédito.

Tristemente, la educación financiera en este país se aprende muy tarde, cuando debería ser un tema del que debemos aprender desde educación básica. En mi caso empecé a aprender sobre finanzas estando en la preparatoria… pero ni siquiera son temas sobre finanzas personales, sino sobre contabilidad (y si es que se aprende).

Nos falta mucho sobre aprender a manejarnos con una mentalidad más austera, y viviendo de una manera más sencilla, y pensando en qué invertir más que en qué gastar. Aún en tiempos de bonanza, es importante ser precavidos.

En conclusión…

Si entran a ver “Las Niñas Bien” esperando ver una comedia ligera, creo que por ahí no va la cosa. Sí, hay momentos de risa, pero siento que funciona más como una fábula. Pero si aún así no se animan, al menos por revivir esas memorias de las hombreras ochentenas deberían de verla: les sacará una sonrisa.

Les dejo esta entrevista para que se animen a verla:

Pañuelo verde, pañuelo azul

Por varias décadas, mi mamá fue maestra en una bachillerato público de mi ciudad, en el centro de México. Durante su carrera profesional, siempre se preocupó a fondo por sus alumnos. En especial, por esas niñas que llegaban a su clase con su pancita de varios meses de embarazo; la mayoría de ellas, futuras madres solteras. A ellas trataba de motivarlas para que siguieran estudiando, dándoles la flexibilidad para completar el curso, ofreciéndoles clases extra (sin costo) si se atrasaban, y persiguiéndolas un poquito para que presentaran los exámenes.

Crecí entre dos realidades. Por una parte, iba a mi escuela privada, en donde los lujos de gente adinerada y el quedar bien eran el común denominador. Por otra parte, oía las historias que mi mamá contaba de sus alumnos: de un México que me parecía desconocido, en donde la pobreza, la ignorancia, la violencia, y los vicios eran el día al día para adolescentes de mi edad. En medio de esas dos realidades, mi madre (devota practicante de la religión católica) fue brutalmente clara conmigo en temas de sexualidad, temerosa de que yo pudiera caer en la situación que ella a diario veía en algunas de sus alumnas.

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Embarazo adolescente. [Fuente: El Sol de Hidago]

En México, nunca conocí a alguien que hubiera abortado. O que -al menos- que abiertamente lo hubiera aceptado. Las pocas chicas de mi preparatoria que se embarazaron sin planearlo siendo adolescentes tuvieron a sus niños y pudieron ofrecerles una buena vida. Para mí, el aborto era un tema distante… hasta hace unos pocos años, cuando conocí a mujeres que – en circunstancias y contextos muy diferentes- habían abortado. Escuché con curiosidad y respeto sus historias, sin ánimo alguno de juzgar. Lo menos que puedo decir es que son mujeres egoístas, sino que tomaron la decisión que creyeron más adecuada (y aclaro que es adecuada, no conveniente ni mucho menos cómoda), misma que tuvieron que pensar detenidamente, y que les resultó muy difícil. Los testimonios que yo oí no corresponde con el perfil que la gente que califica de “asesinas”, ni de mujeres que veían al aborto como una herramienta de rutina.

En una región como Latinoamérica, en donde la violencia y la falta de respeto hacia la mujer va a la alza y hay una impunidad tremenda, es frustrante ver cómo la responsabilidad en temas de salud reproductiva sea asignada exclusivamente hacia la mujer, y que la discusión se centre sólo en el aborto, cuando las preguntas deberían ser otras:

  • ¿Cuándo se ha discutido una estrategia holística de conscientización en contra de la misoginia dirigida a ambos géneros, y hacia todas las edades?
  • ¿Cuándo se ha hablado sobre incluir temas de equidad y respeto entre géneros en los libros de texto públicos, qué concretamente toque temas de sexualidad?
  • ¿Cuándo se ha actualizado el marco legal para definir, detectar y castigar el acoso hacia la mujer?
  • ¿Cuándo se ha hablado de una moral que no esté atada a ninguna orientación religiosa, para así evitar el riesgo de que ciertos grupos religiosos usen causas relacionadas con temas sobre sexualidad para su beneficio?

Pienso en todo lo anterior, y me da pena cómo se simplificó el debate sobre la legalización del aborto en Argentina. Es una muestra de la forma tan limitada de argumentar en Latinoamérica: buscando a quién diabolizar en lugar de pensar a fondo en los matices de la sociedad y en todos las partes que deben tomar responsabilidad.

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Las 2 posturas durante el debate de la legalización del aborto en Argentina [Fuente: El Universal].

Me parece demasiado limitado asirse a ese discurso polarizado de estar a favor de, o bien “la vida” (las pañuelo azul), o bien “la libertad de decidir sobre el cuerpo de una” (las pañuelo verde). En Argentina, anualmente se practican 500,000 abortos anuales (alrededor del 40% de todos los embarazos en ese país), por lo que urge abrir los ojos ante la realidad, y pensar qué se debe hacer para resolver el problema para atacarlo de raíz. Me parece un engaño que se antepongan argumentos morales como cortina de humo ante la cruda realidad de una cultura de misoginia terrible. Es querer tapar el sol con un dedo. ¿Acaso legalizar o no el aborto solucionaría todo?

Como se puede ver, centrar todo en el aborto es hablar de una consecuencia, y no de la raíz del problema, que tiene que ver con la educación. Cambiar la perspectiva sobre nuestra realidad como mujeres (que somos las que, por naturaleza, vivimos de primera mano los efectos en cuestiones reproductivas) implica involucrar a los hombres como partícipes de una solución. Cuando digo “involucrar”, no me refiero a que un hombre diga “sí, yo soy feminista” de dientes pa’ afuera, porque se ha vuelto un recursos de relaciones públicas muy, muy usado… pero hueco, e incluso hipócrita, como Megan Murphy comenta sobre Justin Trudeau.

Con involucrar a los hombres, me refiero a que ellos busquen genuinamente ponerse en los zapatos de las mujeres, y entender que necesitamos de su apoyo en la lucha por la igualdad y el respeto entre géneros. Es que se den cuenta que el sistema patriarcal ha hecho que nos eduquen en un entorno para satisfacer al hombre, y que eso haya creado mucho resentimiento entre muchas mujeres. Como le dije hace poco a un amigo:

“Por lo que he vivido en los últimos 20 años, desde que empecé mi edad adulta, puedo decir que es bien común que un hombre espere que la mujer moderna sea independiente, con buena figura, exitosa en el trabajo, impecablemente vestida, capaz de pagarse sus gustos en la vida, con una mente muy abierta en lo sexual, que esté dispuesta a tener relaciones abiertas, que pueda también ser bastante responsable y buena madre para tener un bebé ella sola…

Pero que, cuando le pides a ese hombre (en un entorno normal, no necesariamente de pareja) que tenga cortesía, que sea sensible, que no haga ni comparta comentarios sexistas, que no consuma pornografía ni contrate prostitutas (pues promueve la cosificación y la trata de mujeres), tristemente te topas con un ‘Uy, ahora las mujeres piden mucho. ¿Yo por qué tengo que cambiar, si la cosa siempre ha sido así?” o un “Es mi sentido del humor, está ‘cagado’ y no tiene nada de malo” …

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Un clásico ejemplo de un post sexista. Fuente: feed de mi cuenta de Facebook.

En el tema de la legalización del aborto, no creo que lo primordial sea definir a partir de cuándo un embrión es un ser humano. Me parece mucho más relevante y estratégico  romper ciclos viciosos sobre responsabilizar de todo a la mujer, y pensar en cómo la mujer puede revalorarse sin caer en la trampa de la hipersexualización por satisfacer a otros (que es una forma de perpetuar el machismo), y gozar su vida -incluyendo su sexualidad- con la libertad que se le da a un hombre. Como sociedad, debemos pensar en formas en las que esto sea posible, sin una doble moral de por medio.

El mundo es de muchas realidades, y que si -ingenuamente- queremos encauzar nuestro tiempo a discutir las consecuencias, nunca vamos a atacar las causas. Sobretodo en medios poco privilegiados (como lo comentaba mi madre cuando hablaba de sus alumnas), las circunstancias son muy diferentes. Creo que si muchos de los legisladores latinoamericanos se tomaran la molestia de salir de su circulito privilegiado y constatar el trato hacia la mujer (sobretodo en zonas desfavorecidas), su visión sobre las causas y la magnitud del problema sería más acertada, y buscarían rodearse de gente preparada (por ejemplo, expertos en temas de género, sociólogos, psicólogos, y médicos) para definir propuestas que sean más eficaces y con una visión a largo plazo.

Asimismo, creo mucho en la cadena de la bondad: en buscar acciones que, por pequeñas que sean y sin que deban estar regidas o coordinadas por alguna autoridad, impacten positivamente la vida de otros. En la medida en la que cada uno empiece a escuchar y entender la realidad de los demás, puede haber un cambio mucho más profundo de lo que cualquier ley puede hacer. Por eso invito al que lea estas líneas, que piense en qué puede -de corazón, sin afán de presumir- hacer para apoyar en temas de sexualidad e igualdad de género: seguramente su “granito de arena” va a ser muy valioso.

Sobre Bélgica, goles y migración

De pronto, casi sin darnos cuenta, Bélgica está entre los cuatro finalistas de la Copa del Mundo de Rusia 2018. Lo escribo, y… sí, se me hace un nudo en la garganta.

Sí, sí sigo el fútbol. No soy la  aficionada que está allí cada domingo, pero le guardo un cariño especial. Quizás por las memorias de compartir esto con mi papá, o con un novio al que iba a echarle porras cuando jugaba. Pero en Bélgica, tiene un significado especial. Así lo sentimos, y así lo celebramos.

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Apoyando a Bélgica en el partido contra Túnez.

Verán, yo crecí en México, y me importa mucho lo que pasa allí. Al mismo tiempo, tengo un gran afecto por Bélgica, mi segunda patria. He aprendido mucho de ella: desde su discreción y ecuanimidad al manejar muchas situaciones, hasta su concepto de “lo pequeño es hermoso”. La modestia en muchas cosas, que los países vecinos frecuentemente tildan de torpeza. Ese sentido del humor conciso, ingenioso y con un poquito de burla hacia uno mismo. Su elegancia al hablar en neerlandés, y su ternura en francés. Nunca haber sacado mi licencia de conducir europea de lo acostumbrada que estoy a andar en bici y en transporte público. Conocer a gente adorable en mis clases de idiomas, en un ambiente sin barreras ni prejuicios por su lugar de origen, profesión o status social.

Podría seguir, pero puedo resumir todo en que…

México me dio un corazón, y Bélgica me abrió los ojos.

Recientemente, a propósito del triunfo (en el Mundial) sobre Brasil por parte de Bélgica, alguien dijo que Bélgica “era una circunstancia, no un país”. A pesar de que su intención era de provocar, yo tomé su comentario como un halago. Y por eso, antes de hablar a fondo de la selección belga, es interesante compartir un poquito sobre el contexto histórico de este país.

Invadido por muchos países, Bélgica finalmente fue parte de los Países Bajos por 15 años antes de independizarse en 1830, lo que -considero- moldeó una personalidad de diplomacia y de regionalismo, más que de un país unido. Creo que esas “circunstancia” es lo que ha hecho que su actitud hacia gente que viene de afuera ha sido más abierta, sin ese nacionalismo exacerbado que se ve en otras partes.

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La compleja realidad lingüística en Bélgica

Además, por la evolución de la emigración hacia Bélgica, este país (de una superficie de apenas 30,528 km2: casi unas 3 veces el tamaño de Querétaro, mi pequeño estado en México) cuenta con poco más de 11 millones de habitantes, en donde poco más del 10% son extranjeros: esto da pie a una diversidad cultural muy variada en una zona densamente poblada. Gracias a esto, la increíble facilidad de conocer a personas con historias tan diferentes le da a Bélgica un toque muy especial. Tan sólo en Bruselas, el 30% de los habitantes nacieron en otro país. Además, esta ciudad es el corazón diplomático de Europa, y eso me encanta porque es muy accesible para el ciudadano común y corriente participar en conferencias y debates gratuitos sobre temas que atañen a muchos países (no sólo en Europa, sino del mundo entero).

Ustedes dirán: ¿qué tiene que ver el fútbol con todo esto? Pues que, en medio de ser un país pequeñito de “circunstancias” y de un debate perpetuo por las diferencias lingüísticas, su historia no le ha dado un espíritu nacionalista. Y cuando uso esa palabra, me refiero a un sentimiento de unión y solidaridad, más que de ese nacionalismo xenófobo y paranoico que muchos políticos sin ética promueven. En mis 12 años viviendo aquí, aparte de las cervezas y los chocolates, sólo creo que hay 3 elementos de cohesión nacional: la monarquía (que, la verdad, me parece que ya no tiene razón de existir), Stromae (un cantante francófono fabuloso que los flamencos también adoran),… y los Diablos Rojos (la selección de fútbol belga).

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Los reyes belgas, Stromae, y los Diablos Rojos

Comparados con los seleccionados de otros países, estos Diablitos son bastante tranquilos: me parecen modelos de conducta bastante positivos. Nada de declaraciones incendiarias, despliegue excesivo de su riqueza, ni publicidad morbosa sobre los escándalos de su vida íntima. Nada de terminar en una fiesta con 30 escorts, tener a su director técnico justificando eso, ni con los hinchas celebrádoles esa “hazaña”. Son personas bastante sencillas y discretas. Pero, más que mi opinión sobre su comportamiento en general, lo que verdaderamente celebro es que la selección se ha vuelto el escaparate de la importancia de multiculturalidad en Bélgica.

En un país en el que, debido a la división lingüística, el país opera como si fuera 3 diferentes naciones (Flandes, Valonia, y Bruselas), es muy raro que existan figuras conocidas a nivel nacional. Por ejemplo, una figura famosa neerlandófona de Flandes puede ser conocida en Holanda, pero no en Valonia. Asimismo, algún francófono famoso de Valonia o Bruselas podrá será conocido en Francia, pero raramente en Flandes. Sin embargo, la gran mayoría de los belgas sabe quiénes son los jugadores más conocidos de la selección. En otras palabras, los Diablos Rojos no sólo se han convertido no sólo en una rara plataforma de figuras en la que no importa ser flamenco o francófono, sino también en un modo de decir: “sí, Bélgica es un país, y los hijos de extranjeros que nacieron aquí han llegado para quedarse”.

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Celebrando pasar a la semifinal del Mundial de 2018

En mi experiencia viviendo en Flandes por unos ocho años, continuamente me topé con personas para los que una extranjera como yo era como un animalito “exótico”. No importaba si hablara neerlandés, o si hubiera conseguido hacer una carrera profesional con mucho esfuerzo: era frecuente que -de la nada- en el trabajo o entre un grupo de gente de Leuven (la ciudad en Flandes en la que vivía), se hiciera un comentario sobre mi origen. Aún cuando alguien lo hiciera de la manera más educada, me colmaba el plato. Y no, no es que me avergüence del país en dónde nací: para nada.

Es que muchas veces es hartante vivir ese afán constante de agruparte en cierta categoría. Es la frustración de no ser tratado como un local.

Si yo tengo ese sentimiento (y fue en parte por lo que me mudé a Bruselas, en donde no existe el espíritu tan regionalista que hay en Flandes), entiendo la molestia de muchas personas quienes, aún tras haber nacido aquí, son frecuentemente tratadas como extranjeras, sobretodo si sus padres y abuelos no son europeos. Lo noto también en el mercado laboral (sobretodo en Flandes, pues en Bruselas es un poco diferente), pues en puestos más altos no es frecuente toparse con personas nacidas o con orígenes en países africanos o árabes. En un país con uno de los porcentajes más altos en Europa de ciudadanos con raíces extrajeros, esta situación me parece preocupante, pues muestra que las oportunidades se limitan a cierto segmento de la población, y que es un problema que no debe ser minimizado. Ahora sí que, como dicen en inglés: mind the gap.

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Más allá de lo deportivo, si el fútbol ha ido ayudando en algo a Bélgica, es en ayudar a construir una visión diferente de los migrantes, dando pie a la reflexión sobre cómo los trata la sociedad, y motivando un diálogo muy necesario sobre qué se puede hacer para que estén mejor integrados y que tengan mejores oportunidades. Esto es un punto clave en este país, pues las políticas de integración del pasado no motivaban a que los nuevos ciudadanos (y sus hijos) tuvieran mejores habilidades (tanto lingüísticas como de estudios en general), originando un rezago y un resentimiento social que han tenido consecuencias muy dolorosas (entre ellas, los ataques terroristas del 22 de marzo de 2016 en Bruselas).

Es por eso que muchos belgas vemos a la selección de este país con otros ojos. Es más que un deporte. Es lo que representa el espíritu de tener a jugadores que, sin importar qué idioma hablan ni de dónde sean sus padres o abuelos, son belgas, y representan lo que está pasando en este país. Es poder pronunciar los nombres de Marouane Fellaini, Vincent Kompany, o Nacer Chadli al lado de Dries Mertens, Eden Hazard o Thibaud Courtois sin hacer distinción alguna. Es tener un equipo de gente que trabaja y colabora sin egocentrismos ni un afán narcisista de brillar individualmente. Que todo esto suceda en un contexto (tanto a nivel nacional como europeo) de manipulación política que intenta explotar el miedo a través de la xenofobia, trae consigo mucha esperanza.

Como lo dijo Romelu Lokaku en este texto (que sí, me sacó las lágrimas):

“Soy belga.

Todos somos belgas. Es eso lo que hace este país increíble, ¿no es así?

… Ya nadie tiene que checar mi identificación. Ya saben mi nombre.”

Bélgica ha evolucionado. Bélgica no debe seguir siendo un país en el que las oportunidades se quedan en ciertos segmentos sociales. Si esta mentalidad la puede compartir una selección de fútbol, pues celebrémoslo juntos y aprendamos de ella. Si el mensaje también le puede servir a Europa, pues qué mejor. Sabemos que un equipo de fútbol o un torneo no van a resolver problemas cuyas raíces son profundas, pero al menos, seguirán abriendo discusiones que no debemos evitar.

Y hoy… hoy apoyaremos a Bélgica para que gane contra Francia y vaya a la final de la Copa del Mundo. Y lo haremos al ritmo de Stromae cantando “Ta fête”, con nuestros corazones latiendo al mismo ritmo, sin diferencias… todos juntos: #TousEnsemble.

El verdadero “día D” de México

[Este texto fue originalmente publicado el 1o de julio, antes de que fueran las elecciones. al final -después del video- le agregué una nota sobre lo que estoy viendo en redes sociales el 2 de julio].

Es difícil empezar esta entrada sin sentir un poco de nostalgia por no estar hoy, 1o. de julio de 2018, en México. Para algunos, será raro asociar ese sentimiento con un evento electoral, pero es así: daría mucho por estar con mis familia, abrazar a mis seres queridos y decirles que vienen cosas buenas por ese país que me vio nacer.

Hoy es un “día D”: un día decisivo para definir muchos cambios en México. Los votantes elegirán quién los va a gobernar por los siguientes seis años. Es un momento crucial  tras más de una década de una estrategia fallida en la lucha contra el narcotráfico, que -junto con otras fallas en términos de justicia y de seguridad nacional- ha dado pie a 200,000 asesinatos en la última década.

También lo es porque, como una resultado de una muy errada estrategia diplomática y de una decadente capacidad de negociación hacia Estados Unidos, muchas cosas tienen que cambiar en México. Dadas las acciones que se están tomando en el país del norte sobre migración (tanto hacia mexicanos como extranjeros) y en negociaciones comerciales, lo que se decida hoy en México va a ser de mucha importancia en América Latina, y -¿por qué no?- en Europa, que seguramente está viendo a nuestra región como un aliado del que debe estar más cerca.

Tras una campaña en donde 130 candidatos han sido asesinados, hoy se elige al futuro presidente de México, así como a 128 senadores, 500 diputados federales, y numerosas alcaldías. En una elección en la que la gente ha calificado a su candidato como “el mesías” (como si realmente una persona pudiera llegar y cambiar todo). Para los que no conozcan a los candidatos, les comparto este video:

En esencia, el AMLO o Peje (representando la izquierda) compite contra Anaya (del partido de derecha), Meade (del asqueroso partido del PRI) y el Bronco (un candidato independiente). Sin afán de dar detalles sobre mi preferencia, sólo puedo decir que las 3 primeras opciones son las que pelean por el puesto, y que -por diversas razones- no me parecen las candidaturas adecuadas (aunque eso sí digo: el PRI es una opción por la que nunca votaría).

Lo que sí me interesa mencionar es la polarización de los votantes

Me da mucho miedo el hecho de que, porque alguien sea de izquierda, o derecha, sea convertido inmediatamente en un traidor o un héroe. Ese afán de ver todo blanco y negro, de no analizar la información y de no buscar contextualizar es lo que frecuentemente me preocupa sobre México. De que las personas pueden dedicar todo el tiempo del mundo a compartir memes, alburear en línea y salir a manifestarse porque gana la selección, pero no de dedicar un tiempito a ver programas de análisis políticos u organizar mesas de debate constructivo. De preocuparse mucho más por ir de shopping que por cuestionarse sobre qué hacer para que las cosas mejoren, o dedicar tiempo a aprender sobre política de fuentes confiables: por ejemplo, viendo programas como el de “Primer Plano”.

Al igual que lo que vemos en muchas partes del mundo, es muy fácil convertirse en el caballo o burrito que sigue una zanahoria que tiene colgada enfrente, dejándose endulzar por el hedonismo a corto plazo sin ver que hay más allá. Creer que uno sólo tiene que buscar sastisfacer sus gustos a corto plazo “porque todo está de la chin***” y que uno no tiene por qué ser más activo porque las instituciones políticas no tienen credibilidad me parece ridículo: es porque el sistema no está funcionando por lo que -como ciudadanos- deberíamos ponernos más las pilas.

Verán, creo firmemente que, dentro de cada uno de nosotros, hay un activista. Que dentro de nuestro entorno, cada uno puede hacer cosas que pueden generar que el mundo sea mejor. Aunque sea algo chiquito: algo siempre puede mejorar. Que se debe hacer esto por un deseo íntimo de hacerlo, y no por esperar reconocimiento ni preocuparse por “el qué dirán”. Que eso no depende de quién gane una elección presidencial, sino de qué tan conscientes, sensibles y colaborativos seamos. Que lo que hagamos sea con un genuino ánimo de mejorar colectivamente, y no sólo de preocuparnos por nuestros intereses y bienestar personal.

Ser activista no viene con alguna atadura política. Es un ejercicio muy íntimo, de ver qué necesidad hay a nuestro alrededor, y pensar en cómo podemos ayudar a resolverla. Y -contrariamente a lo que pueda alguien pensar- no necesariamente tiene un costo financiero: muchos de los grandes cambios están en nuestra mente. Por ejemplo, desde pensar en la forma clasista en la que a veces nos expresamos, y cambiar eso. En tratar de ayudar en lugar de juzgar y atacar a la ligera. En buscar ser críticos con nosotros mismos. En no esperar al mesías, sino -cada uno de nosotros- ser un agente de cambio.

En mi caso, agradezco muchísimo a mis padres por -en medio de un ambiente tan elitista y sofocantemente cerrado de algunos círculos en los que me tocó estar en Querétaro- siempre se preocuparon por mantenerme con los pies en la tierra. A mi mamá, quien durante décadas apoyó a sus alumnos de su bachillerato público pagándoles su camión y quedándose horas extra sin pago algunos para regularizarlos, para que tuvieran buenas notas y pudieron accesar a la universidad. A mi papá, por -de una forma totalmente independiente y sin ser parte de su actividad comercial- documentar y reportar fraude (precios inflados de bienes raíces) relacionado con el FOBAPROA durante los noventas. Por hacerme saber que, si uno ha tenido oportunidades en la vida, es para usarles por el bien común, y no por alimentar el poder, ni por tener visibilidad. Dicen que “cuando la carreta va llena, no hace ruido”: las verdaderas acciones son las que se hacen día a día, en el cotidiano.

El verdadero “día D” es el día en el que cada quién pase de esperar el cambio, a hacerlo.

Creo que, independientemente de lo que pase hoy en México, lo que queda muy claro es que no podemos tener una mentalidad de apuntar con el dedo y acusar, sin primero pensar en cuál es nuestra responsabilidad y manera de contribuir para mejorar como país. Y que, por duras que estén las cosas, tengamos la mentalidad de, cuando nos levantemos mañana, digamos “todo amaneció, mejor mejor…”

anexo -> EL DÍA DESPUÉS (2 de julio)

Como seguimiento al post de ayer, comento que ya salió sabemos quién resultó electo como ganador. De nuevo, sin afán de meterme en la discusión de si voté o no por el ganador, dada lo dividida que noté a las personas, me permití publicar esto hoy, 2 de julio de 2018:

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