Luchando por la custodia de menores mexicanos: #ViolenciaComoMigrante 03

Nota aclaratoria:

Esta entrada de blog originalmente fue publicada como un post en Facebook en un foro de mujeres en el extranjero. Todas las entradas relacionadas con el tema están publicadas bajo el hashtag #ViolenciaComoMigrante.

El texto se comparte de modo íntegro, y fue originalmente compartido el 12 de julio de 2021.

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#ViolenciaComoMigrante 03:  Luchando por la custodia de menores mexicanos

Como lo he comentado en los posts anteriores, nadie está exento de vivir violencia como migrante, cuando uno es más vulnerable al toparse con un marco legal que pocas veces está a su favor. Quiero hablar de tres casos presentados ante el Senado de México en el que un padre extranjero le priva a una madre mexicana la custodia de un menor mexicano.

El pasado lunes 5 de julio, durante una conferencia de prensa ofrecida por la diputada Beatriz Silvia Robles Gutiérrez (como consta en el video de Twitter al final de este post), dos madres de familia se presentaron a dar su testimonio:

➡️ Cathy AS nos compartió su lucha por obtener la custodia de sus hijas que fueron abusadas sexualmente por su padre alemán, en donde el derecho de dos menores a vivir en un entorno seguro no parece ser la prioridad del sistema de justicia alemán. Asimismo, la mala aplicación de la ley por parte del poder judicial mexicano (que involucra la falta de voluntad de jueces y magistrados) ha sido un factor clave para que las hijas de Cathy estén en riesgo de ser restituidas a Alemania y entregadas a quienes ellas mismas han señalado como su agresor, quedando expuestas a un grave riesgo y daño irreparable.

➡️ Cristina Guzmán habló de los años que ha pasado sin saber de su hija, pues desde 2016 -por solicitud de su padre- fue restituida a Canadá, en un caso en el que las autoridades mexicanas antepusieron los derechos de un extranjero sobre los de una madre mexicana, violando el derecho de la pequeña a ser escuchada y tomada en cuenta, y quién -como consta en el video de la audiencia- se negaba a ser restituida a Canadá. Cinco años después, a pesar de haber tenido apoyo de la Fiscalía General de la República (FGR), Cristina no tiene conocimiento de ninguna noticia sobre la niña, porque el gobierno de Canadá no le facilita esa información. Fue la FGR quien solicitó -a través de la Interpol México- el apoyo de la Interpol Canadá, pero no ha habido avances sobre el tema, a pesar de que Cristina incluso habló con el Primer Ministro canadiense sobre el tema, sin que hubiera alguna información por parte de las autoridades.

Por falta de tiempo, no se habló de un tercer caso, que en seguida menciono:

➡️ Tras ser víctima de violencia intrafamiliar, Berenice y sus hijos vinieron a México con pleno conocimiento y autorización de parte del padre de los niños. Berenice obtuvo la guarda y custodia provisional de los niños ante un Juzgado Familiar de la Ciudad de México, pero -en un juicio sumario en México- una juez le ordenó restituir los menores a su padre en Alemania, sin darle oportunidad de defenderse. Ahora enfrenta un proceso penal en Alemania por haberse llevado sus hijos a otro país, y no puede regresar a Alemania para estar con ellos pues teme por su seguridad.

Los casos de Cathy, Cristina y Berenice no son aislados. Son muchísimos asuntos de niños con madre o padre mexicano cuyo bienestar queda a merced de instancias gubernamentales que, sean de países desarrollados o en vías de desarrollo, pasan por alto focos rojos sobre el bienestar de los menores, dando pie a que ellos terminen creciendo en circunstancias poco óptimas.

Si tu pareja es extranjera, y estás planeando tener hijos o ya los tienes, por favor busca informarte sobre temas legales aplicables a tu situación en un país extranjero. Asimismo, si quieres apoyar, te pedimos que le des visibilidad a los casos de Cathy, Cristina y Berenice para concientizar a nuestros paisanos mexicanos sobre una realidad de la que pocas veces se habla.

Fuentes a consultar:

•            Video Twitter del Senado de México (@senadomexicano), con la conferencia de prensa del 5 de julio de 2021, con el testimonial de Cathy y Cristina https://mobile.twitter.com/i/broadcasts/1BdGYYYqeMZGX

•            Artículo sobre el caso de Sofii, hija de Cristina Guzmán: https://lasillarota.com/especialeslsr/en-mexico-la-nacionalidad-tambien-separa-familias/189690

•            Sitio de Facebook “Buscando a Sofii”:  https://www.facebook.com/findingsofii

•            Artículo sobre el caso de Berenice https://www.milenio.com/politica/comunidad/berenice-huyo-alemania-violencia-juez-regresa-hijos

El mito del príncipe extranjero – #ViolenciaComoMigrante 02

Nota aclaratoria:

Esta entrada de blog originalmente fue publicada como un post en Facebook en un foro de mujeres en el extranjero. Todas las entradas relacionadas con el tema están publicadas bajo el hashtag #ViolenciaComoMigrante.

El texto se comparte de modo íntegro, y fue originalmente compartido el 7 de julio de 2021.

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#ViolenciaComoMigrante 02 – El mito del príncipe extranjero

En mi post anterior, compartí mi caso, en el que una expareja (que todos me decían que “era un tipazo”, y que me da risa nomás de escribir esto, porque ahora me parece sarcasmo) abusó de mi condición vulnerable como migrante para tratar de manipularme. Esa vez, les dije que a todas nos puede pasar. Y quiero recordarles esto.

No sigo las novedades de la realeza, pero hoy alguien me mencionó el caso de Hanna Jaff, una chica mexicana que acaba de separarse de su marido (que presume de pertenecer a la nobleza inglesa). Se dice que hubo de por medio violencia doméstica y discriminación (las notas están en los primeros comentarios).

Aunque no encontré una nota con declaración oficial de Hanna, sí me refiero a las notas que encontré al respecto para recordarles que mantengan sus ojos bien abiertos en el tema de la violencia, porque a cualquiera le puede pasar. De entrada, las invito a leer estas frases para ver si les suenan familiares:

“Es un partidazo porque tiene una súper chamba y se ve todo nice”.

“Hay que mejorar la raza”.

“Esa chava está bonita porque está blanquita”.

“Mi sueño es casarme con un europeo -uno que sea güerito y de ojos azules- para que sea mi príncipe azul”.

¿Les suena familiar, no? Por desgracia, la educación en Latinoamérica le concede a las personas blancas – sobretodo, si son extranjeras – un halo de superioridad en todos los aspectos (desde la belleza, hasta su situación económica, hasta su calidad moral). Y el problema es que muchas chicas tienen esa mentalidad, y -si se topan con violencia de género en el extranjero, en donde frecuentemente están en una posición vulnerable- no siempre pueden salirse de ese ambiente.

Gracias a los comentarios de mi post anterior (tanto en público, como en privado), supe de muchos otros casos, incluyendo varios de mujeres que están viviendo un infierno peleando por la patria potestad de sus hijos (algunos, abusados por su propio padre) ante gobiernos extranjeros que le dan la preferencia al papá. Incluso, estoy en contacto con varias de ellas, porque -afortunadamente- muchas ya se han organizado y tienen ya grupos de apoyo para las mujeres que se topen con violencia de género (psicológica, física y/o económica) en el extranjero.

Reitero la importancia de mantener los ojos bien abiertos para detectar comportamientos que puedan llevarlas a una situación de violencia. Si esto te pasara, por favor, ¡no esperes y PIDE AYUDA!

[Si quieren comentar, por favor que sea sin juzgar a nadie, criticar por criticar, morbosear ni ser condescendientes. Tengan en mente que no busco tirarle tierra a aquellas personas que quieren y apoyan a su pareja mexicana, así que -por favor- no me acusen de generalizar ni atacar a los hombres. Asimismo, se pide que eviten colgarse de mi post para -en los comentarios- meter anuncios con fines lucrativos. Seamos respetuosas, constructivas y empáticas.]

Cuando tu pareja abusa de tu confianza #ViolenciaComoMigrante 01

#ViolenciaComoMigrante 01: Cuando tu pareja abusa de tu confianza

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Nota Aclaratoria:

Este fue el post inicial de una serie de post en un grupo de Facebook de mujeres en el extranjero.

Mi intención inicial al publicarlo fue alzar la voz para que muchas personas vean el otro lado de la moneda en extranjero. Me ha tocado hablar con muchas conocidas que creen que las relaciones en Europa eran perfectas, y que creen que -porque en Europa es un conjunto de países desarrollados- la violencia doméstica no existe. No había hablado de un periodo de mi vida muy duro, pero decidí hacerlo para crear conciencia de un problema muy común en Europa: el trato condescendiente y abusivo de un local hacia su pareja no europea.

¿Qué pasa cuando uno se involucra en una relación, y le da su confianza a una persona que no la valora y abusa de la vulnerabilidad de una persona en el extranjero? No me imaginé que, al publicarlo, conociera a un grupo de mujeres que han sido abusadas por su pareja, que están luchando por la patria potestad de sus niños en extranjero, y que me han hecho muy consciente de la necesidad de hablar sobre esta realidad. Las historias que me han hecho saber son terribles, y urge que sean visibilizadas, tanto para que su calvario termine y sus hijos estén seguros, como para que muchas otras personas (hombres y mujeres) están conscientes de la realidad de esta situación.

Este post fue publicado en Facebook el 29 de marzo de 2021. Lo comparto de modo íntegro. La foto de portada de esta entrada de blog corresponde a la marcha silenciosa que se hizo el 21 de febrero de 2018 en Amberes, que fue un homenaje a la memoria de Berenice Osorio, la madre de familia asesinada por el padre de sus hijas en Bélgica.

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[Si quieren comentar, por favor que sea sin juzgar a nadie, criticar por criticar, morbosear ni ser condescendientes. Asimismo, se pide que eviten colgarse de mi post para -en los comentarios- meter anuncios con fines lucrativos. Seamos respetuosas, constructivas y empáticas.]

Paisanas, comparto esta nota sobre la sentencia que un hombre belga acaba de recibir por asesinar a Berenice -su pareja mexicana- hace tres años. (Pueden traducirlo en Google Translate, o ver en el primer comentario el link de “Proceso” sobre el caso).

¿Por qué publico esto? Para que estén conscientes de que hay que estar con los ojos muy abiertos si piensan irse a vivir a otro país por amor. No todos los hombres son abusivos, pero existe el riesgo de ser víctima de violencia de género (psicológica y/o física) estando en el extranjero, pues la pareja (sea hombre o mujer) aprovecha que el extranjero(a) está sin otro apoyo moral y/o económico y/o legal, y se vuelve un victimario.

A mí me tocó vivir violencia psicológica con una pareja en el extranjero en 2007: a pesar de que el chico parecía totalmente “decente” y amoroso (“¡qué buen partido!”, me decían muchos), resultó ser una persona que abusó de mi confianza y no respetó muchas cosas que habíamos acordado. Trató de manipularme y de chantajearme. Terminé en una situación muy vulnerable (en muchos aspectos) y, si pude salir adelante, fue porque en friega dejé al tipo y pedí ayuda a mis amigos.

Asimismo, viví muy de cerca -por varios años- la situación de abuso constante hacia una amiga cercana por el tema de la custodia con la ex pareja, y también oí de muchísimos casos de extranjeros (hombres y mujeres) que vivieron cosas muy feas por estar en el extranjero con una pareja abusiva.

Chicas, POR FAVOR, analicen los riesgos ANTES de irse. Sean PREVISORAS. Contacten a chicas en la zona a la que quieran llegar, y pregunten si hay una red de apoyo a mujeres. Pregunten qué pueden hacer como contingencia, y prepárense. Total, si les toca una pareja maravillosa, pues entonces no perdieron nada. No está de más hacerlo.

Pongo en el primer comentario el link de Proceso sobre el contexto del caso de Berenice, porque tiene mucho material sobre el cual se puede reflexionar y aprender.

Como lo menciona el artículo de Proceso (link en el primer comentario):

“Si tuvo tanto impacto la muerte de Berenice fue porque reveló las consecuencias más trágicas que pueden tener las condiciones que enfrentan muchas mexicanas que migran a Europa.”

Artículo sobre el juicio del asesino de Berenice:

https://myprivacy.dpgmedia.be/consent/?siteKey=Uqxf9TXhjmaG4pbQ&callbackUrl=https%3a%2f%2fwww.hln.be%2fprivacy-gate%2faccept-tcf2%3fredirectUri%3d%252fbinnenland%252fassisen-behoorlijk-milde-straf-voor-tom-pattyn-18-jaar-cel-voor-moord-op-vriendin%257ea8bd07de%252f%253freferrer%253dhttp%25253A%25252F%25252Fheadlinesactueel.nl%25252Fhln%25252Fassisen-behoorlijk-milde-straf-voor-tom-pattyn-18-jaar-cel-voor-moord-op-vriendin%25252F%2526fbclid%253dIwAR3q02o-83I64FxiTlwOtSeo2lRqPtBREMWdCtbd3eEzmsysuRrHTdtJLko

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Primer comentario:

Artículo de Proceso. Nótese que no estoy de acuerdo del todo con lo que este texto dice, porque se contradice en algunos puntos y usa un tono acusatorio y amarranavajas que pudo haber sido evitado, pero menciona cifras útiles y ofrece una idea sobre el contexto.https://www.proceso.com.mx/europafocus/2018/2/8/detras-de-la-tragedia-de-berenice-199662.html?fbclid=IwAR1njLvV7nSmPXsWmWBVXACS7f8XC-jmmwjzVqLVPVh8saWu5ZZjGpuSs1I

Crónica de mi burnout

Desde 2014, el periodo entre junio y julio de cada año es de mucha reflexión. Representa el aniversario de un momento pivotal que cambió mis paradigmas y prioridades, tanto profesionales como personales. Y es hasta hoy, siete años después, que comparto por escrito la experiencia de vivir un burnout. Si no lo hice antes, fue por creer que, si hablaba sobre el tema, alguien podría dudar de mi capacidad profesional. Afortunadamente, con los años, uno aprende que hay temas que se deben debe compartir sin miedo, sobre todo si hacerlo puede abrirle los ojos a alguien más.

Durante (casi) diez años, estuve trabajando para una corporación con presencia mundial. Inicié ese periodo en México, dándole seguimiento a operaciones logísticas en Norteamérica. Entré a la empresa invadida por el entusiasmo adquirido durante mis estudios universitarios en una universidad privada, en donde se hablaba de lo maravilloso que era ser parte de una multinacional. Sin embargo, desde el principio empezó a haber focos rojos que mostraban el afán de los directivos de convencer a los empleados en “ponerse la camiseta corporativa”.

En realidad, esto era un medio para justificar todo lo que quisieran hacer, incluso desde el proceso de selección, cuando los candidatos al puesto debían permitir tener una visita a su casa para investigar su nivel socioeconómico. Recuerdo que, en esa visita, me preguntaron cuántos focos tenía en casa. ¿Deveras le debe a tu futuro jefe importar la cantidad de focos que tienes? El único foco que debería tomar en consideración es el que se te prenda a la hora de trabajar, ¿no? Por desgracia, cuando uno está en uno de sus primeros trabajos, tiene que aguantar ese tipo de iniciativas intrusivas.

Recuerdo una vez en la que, con los escasos días de vacaciones “de ley” que la empresa me daba (seis, para ser exacta), planeé un viaje al extranjero. Tener un día más de viaje me permitiría conocer el Amazonas, y – sabiendo que había suficiente personal para cubrir mis labores- fui a pedirle a mi jefe mis vacaciones solicitando también un día sin goce. El me lo negó, alegando que, si me lo daba a mí, se lo tenía que ofrecer a mis colegas. Me quedé pensando en las muchas veces que, por resolver algún problema de un embarque de algún cliente, me había quedado horas extra sin cargo a la empresa. ¿Acaso era un problema tan grande compensarme un poco por ello? ¿Por qué asumía que pedía yo un trato especial respecto a mis colegas? Mi respuesta fue: “¿por qué no se lo ofreces también a ellos? No estoy pidiendo algo que signifique un beneficio exclusivo para mí”. Mi solicitud fue rechazada.

Tras estar un tiempo trabajando, se empezó a generar un ambiente de favoritismo en el que el que no le entraba al jueguito de hacerle la barba al jefe iba perdiendo las estrellitas de niño bien portado de su frente. Afortunadamente, por un cambio de ciudad del corporativo, nos ofrecieron la opción de aceptar el cambio del puesto a otro estado, o solicitar nuestra liquidación. Elegí la segunda opción, conseguí becas de posgrado, y escogí una en Leuven, Bélgica.

Viaje de fin de semana a Brujas, Bélgica, con mis compañeros de maestría (octubre de 2006).

Estudié una maestría en Bélgica y -al graduarme- me di cuenta que los retos para encontrar un trabajo en el viejo continente eran más de los que me había imaginado. Era ya muy experimentada para puestos “de inicio” en Europa, pero -en un entorno y época en los que se le daba mucha importancia a la edad, y se menospreciaba la experiencia laboral adquirida en un país en desarrollo- era complicado ser considerada para puestos de mayor rango. En ese momento, se presentó la oportunidad de iniciar un proceso de selección en la misma empresa para la que había trabajado en México, pero en el corporativo europeo de otra rama. Tenía miedo de acudir a las entrevistas, pues mi experiencia en México me había mostrado los valores con los que sus directivos se manejaban. Al final, siendo una extranjera sin permiso de trabajo europeo ni el mismo nivel de idiomas que un belga manejaba, pensé en que no podía “ponerme mis moños”, por lo que decidí presentarme.

Me presenté en la oficina en Melsbroek, en una zona industrial cercana al aeropuerto de Bruselas. Me sentí un poco desanimada por la ubicación tan aislada y sin chiste, pero rápidamente olvidé esto cuando el proceso de selección resultó muy ágil y en un ambiente cordial. Además, “H”, la mujer que sería mi jefa, se interesó mucho por mi experiencia en otra región, y se mostró muy amable. Rápidamente recibí una oferta con miras a trabajar en proyectos de mercadotecnia y ventas. Simultáneamente, recibí también la oferta de otro corporativo en el área de operaciones, algo que era similar a lo que yo ya había hecho por varios años. Me pareció más interesante y estratégica la oportunidad de la empresa en la que ya había trabajado. Me cuestioné si no me llevaría la misma decepción que tuve en México, pero me dije a mí misma que ignorara el pasado, porque en Europa los departamentos y políticas de Recursos Humanos debían ser otra cosa, por lo que acepté la oferta de ”H”. No sabía en lo que me estaba metiendo.

En la primera semana que estuve, llegó un jefe de ventas alemán y le hice una broma, que -a la fecha- me sigue pareciendo graciosa, pero que -por la mirada penetrante que me dirigió “H”- no era “adecuada”. Esa fue la puerta de entrada en descubrir la brecha que existía con mi jefa y varios de mis colegas. Nuestro sentido del humor, valores profesionales y manera de ver la vida eran como agua y aceite. Las diferencias en sí no representaban un problema, pues siempre he pensado que con un colega, cliente o proveedor se debe buscar construir una relación profesional, y no tomar las cosas de modo personal … pero cuando esa esas diferencias bloquean tu desarrollo profesional, se vuelven un infierno y empiezan a afectar más ámbitos de tu vida.

“H” llevaba más de dos décadas en la empresa, casi siempre en el mismo puesto de jefa de la misma área. Mucho lo decían el montón de diplomitas y trofeítos que estaban en su oficina. Era una mujer que estaba acostumbrada a imponer y a promover el kool-aid de que “la empresa lo es todo”. Incluso, una vez bromeó diciendo que, si era necesario, nos inyectaría “sangre morada” (aludiendo a uno de los colores de la empresa) en nuestras venas: con el tiempo, me di cuenta que -si hubiera podido- realmente lo hubiera hecho, pues la empresa ocupaba toda su visión profesional. 

“H” disfrutaba sentir que controlaba todo de la A a la Z y, aunque en público mencionaba los típicos choros corporativos que le dictaba Recursos Humanos sobre “apoyo al empleado”, su naturaleza era de imponerse y aplastar sin piedad… al grado de que una persona de Recursos Humanos me dijo que -internamente- apodaban a “H” como “la bulldozer”, porque “pasaba por encima de quien tuviera que aplastar”.

Tomando la situación como un reto a superar, me apuré en mejorar mi conocimiento de idiomas. No solo porque siempre he valorado y disfrutado hacerlo, sino para que en el trabajo todos pudieran hablarme en su lengua materna, de modo que facilitara la comunicación. Sin embargo, parecía que, a pesar de mi esfuerzo por sortear cualquier barrera cultural, era una constante que “H” priorizara apoyar y promover a los subordinados que fueran como ella: belgas nacidos en Flandes, que su máximo objetivo en la vida fuera tener hijos, y que se la pasaran hablando de los último que habían comprado para embellecer su casa o jardín. El bono extra para ser su consentido era no contradecirla de ningún modo, y hacerle la barba y halagar de más lo que dijera, por ridículo o ñoño que fuera.

Al año de llegar a la empresa, me tocó hacer el cálculo del concurso anual de ventas (el más importante de la empresa) tomando como referencia lo que otra colega (la favorita de “H”) había hecho un año atrás. Era un proyecto muy demandante que implicaba trabajar durante semanas (con fines de semana incluidos).  Cuando “H” revisó los resultados del concurso, notó un error en mi trabajo que era resultado de las instrucciones que yo había recibido. Cuando se lo aclaré, “H” aceptó que las instrucciones eran incorrectas, pero alegó que era mi responsabilidad detectar si estaban mal, e intentó correrme. Le pedí que no lo hiciera, y ella fue a Recursos Humanos a levantarme el equivalente de una “tarjeta amarilla” por mi “mal desempeño”, con la posibilidad de correrme si hacía un error de nuevo.

Pude haber luchado más. Pude haber mostrado las pruebas de que alguien me había dado instrucciones erróneas, constando que los resultados del concurso de ventas de la edición anterior (y -posiblemente- de otros años anteriores también) estaban mal. Eso hubiera sido un mega quemón para “H”… pero no lo hice. La manipulación de “H” sobre la responsabilidad en el error me tomó por sorpresa, y más en un momento en el que estaba exhausta, con un ánimo desgastado derivado de trabajar sin descanso alguno durante semanas. No tenía la fuerza para escalar el asunto ni de ponerme al “tú por tú” con una persona que -evidentemente- no tenía la disposición de dialogar ni aceptar la injusticia que había de por medio.  En ese momento, aceptar la propuesta de “H” me pareció la salida más fácil, pero hacerlo sentó el tono en el que “H” me trataría en los siguientes años.

Seguí trabajando en el equipo de “H”. Mi interacción en el equipo cambió drásticamente: recién contratada, solía acercarme a “H” y hacerle saber mis ideas, principalmente basadas en la retroalimentación que yo obtenía de los otros departamentos, pero con el tiempo me fui acostumbrando a dejar de opinar, pues cada vez que lo hacía, mis comentarios eran ignorados o ninguneados. Me acostumbré a tener que hacer muchísimas gráficas y análisis en Excel que yo sabía que nadie iba a revisar porque a “H” primordialmente le interesaba que todos notaran que “se hacían muchos reportes” que los vendedores y sus jefes -a quienes estaban dirigidos- ni siquiera entendían por lo complejos que eran. Cuando le comentaba a “H” sobre presentar menos reportes, pero más sencillos, o herramientas de visualización de datos más estéticas y fáciles de entender, simplemente me decía que no era posible. Para ella, lo importante era el volumen.

La actitud de “H” constantemente marcaba la diferencia en el trato hacía mí, al grado que varios de los nuevos colegas que llegaron al equipo me lo comentaron, intrigados al respecto. Mi autoestima empezó a desmoronarse, pero yo justificaba la situación diciéndome a mí misma que tenía ante mí una oportunidad que muchos europeos ya quisieran. Seguí echándole mil ganas, logrando que mis colegas (tanto de mi equipo, como de otros) me felicitaran por mi trabajo, pero para “H”, lo que yo hiciera siempre iba a estar mal.

Casi desde el principio, busqué la oportunidad de moverme de equipo, pero “H” se encargaba de hacerle saber al comité de selección en turno que mis capacidades “no eran las adecuadas”, a pesar de que consistentemente tuve calificaciones anuales bastante buenas en mi desempeño como empleada. A veces me preguntaba si siendo yo “tan mala empleada” como “H” le hacía saber a otros, por qué ella insistía en tenerme en su equipo. Empecé a tomar más proyectos, a dedicarles horas extra, y a seguir más formaciones para adquirir habilidades adicionales. El punto no era tener consideración hacia ”H”, ni mucho menos hacerle la barba, sino evitar que se sacara de la manga excusas para seguir boicoteándome en mi intento de moverme a otro equipo dentro de la empresa.

No solo sufría por las actitudes que “H”. Gran parte de la gente que trabajaba tenía mucho tiempo en la empresa, y -creyéndose que eso les permitía portarse como les diera la gana- varios de sus comentarios mostraban que el racismo, elitismo y el buscar desprestigiar a otros para ascender era el común denominador. Era tan normalizado, que muchos celebraban ese tipo de conversaciones, uniéndose a ellas. A pesar de que sus comentarios y bromitas basadas en estereotipos no eran dirigidas hacia mí, me sentía muy incómoda por la vibra que se creaba. Una vez, harta de la situación, fui a Recursos Humanos presenté un plan en contra de la discriminación, y la reacción que recibí fue: “¿pero qué problema hay aquí?”, como si yo estuviera hablando de algo inexistente, o que solo mereciera ser expuesto si fuera un ataque frontal en contra de uno.

Recuerdo cuando una chica española llegó a trabajar a mi equipo y prefirió volver a España diciendo: “Katia, cuando la gente se queda mucho tiempo quieta, se estanca y huele mal, como la gente de esta empresa”. ¡Cuánta razón tenía! Tengo aún muchos conocidos de esa empresa (tanto en México, como en otros países) a quienes considero amigos, pero mi experiencia fue que el ambiente laboral en México fue mucho más constructivo que el de Bélgica. Es por eso que, al darme cuenta de eso -casi al principio de empezar a trabajar en Bélgica- me volví muy selectiva de con quién interactuaba.

Durante esos años, busqué trabajo en otras empresas, pero – tras 2008- era muy difícil encontrar oportunidades en una Europa cimbrada por una crisis económica, en la que el nivel de desempleo era altísimo. Seguía también a la espera de mi nacionalidad europea, pues permanecer legalmente en Europa y obtener la nacionalidad dependían de tener un trabajo estable, por lo que -en términos migratorios- no quería arriesgar la situación.

Mi manera de buscar escapar de la situación fue el arte. Iba a la cineteca casi diariamente, y leía mucho: imaginar y ser parte de otros mundos se volvió mi mejor herramienta para lidiar con todo, así como mi acicate para seguir adelante. Sin embargo, empecé a sentirme enferma, con periodos extendidos dominados por un sentimiento perenne de desolación. Varias veces, mi médico de cabecera me recetó tomar pastilla de serotonina, pues asumía que la falta de sol me deprimía y que todo se iba a resolver ingiriendo medicamentos. Empecé también a seguir un programa de coaching, pensando en mejorar para visualizar otras maneras de mejorar en lo profesional, aunque en el fondo vivía una lucha entre mi frustración por poner tanto empeño que no era apreciado, y la idea de seguir luchando porque muchos latinoamericanos querrían estar en mi lugar.

Foto del Stuk, centro cultural en Leuven en donde se ubica el Cinemazed, la cineteca a la que acudía casi diariamente. Crédito: European Dancehouse Network.

Una tarde de 2012, me sentí mal del estómago, y le informé a “H” que iba a aplazar la entrega de un reporte, porque debía ir al médico. Ella se negó a dejarme ir, aunque frecuentemente le permitía a mis colegas hacerlo: en especial, a los que tenía niños pequeños. Harta de la situación, le dije que mi salud estaba primero, y que lo tomara como quisiera, porque yo ya me iba a tomar mi tren para ver al doctor, y que le enviaría el comprobante médico y el reporte médico ese mismo día. Para mi sorpresa, se disculpó, y me dijo que me tomara el tiempo requerido. Ese momento fue cuando me di cuenta que de algo servía ser valiente, y preocuparse antes por uno y por decir lo que uno realmente tenía en mente.

Fue en ese periodo cuando -estando en un curso fuera de la empresa- alguien de mi empresa me llamó para informarme que una colega de mi equipo (que siempre he querido mucho) estaba en el hospital. Resulta que la chica había estado bajo intensa presión en un proyecto que era muy manual, y había cometido un error. Lejos de contextualizar la situación, “H” inmediatamente armó un escándalo y fue a Recursos Humanos a buscar despedirla, lo que a mi colega le ocasionó una hiperventilación que requirió que tuviera que ser llevada de emergencia al hospital. Cuando volví del curso, nadie habló del tema, como si mi colega (que estuvo varios meses de baja laboral) no existiera. Unos días más tarde, el vicepresidente de ventas le dio a “H” un premio por ser “una manager estrella”. Seguramente a ese vicepresidente no le importó hacerse de la vista gorda porque -a pesar de que todo el mundo en la empresa supo lo que había pasado en nuestro equipo- a nadie pareció importarle el tema.

Hubo varias muestras de que la integridad de los empleados no era la prioridad de la empresa. El mobiliario de la empresa era inadecuado, con sillas vetustas e incomodísimas que solamente se reemplazaban solamente cuando el empleado mostrabas un certificado médico confirmando que ya tenía una lesión en la espalda.  En otra ocasión, por allí de 2012 o 2013, nos indicaron que nuestro evento de fin de año iba a ser una “actividad de integración”. Nos llevaron a un bosque cercano a Bruselas, y -en medio del gélido frío de diciembre- nos pusieron a hacer labores de reparación de un inmueble (una escuela, o algo similar) en condiciones deplorables y sin el equipo adecuado.

A mí me pusieron a retirar mastique viejo de ventanas sin tener siquiera guantes ni herramienta. A un compañero lo pusieron a reparar algo de un techo usando una escalera plegable viejísima: el chico se cayó y se cortó la cara (muy cerca del ojo) con uno de los bordes de la escalera. Me di cuenta que lo que la empresa hizo fue usar esa “convivencia” para tomar fotos de los empleados haciendo “labor social” para incluir esas imágenes en su reporte anual corporativo, de modo que quedara claro que tenía empleados participativos en temas de “CSR” (Corporate Social Responsibility, o Responsabilidad Social Corporativa). Meses después, cuando la empresa realizó su encuesta anual, indiqué que el modo en el que hicieron la actividad fue engañoso e irresponsable, pues nos fue presentado como “algo social”, y resultó ser trabajo “voluntario” impuesto y peligroso. Aclaro que creo mucho en ser proactivos y participativos ante las necesidades de la comunidad, pero esto debe ser hecho en otras condiciones y con la honestidad de por medio. Una empresa no debe obligar, engañar ni mucho menos arriesgar a sus empleados por sacar fotos.

Pasaron unos meses, y recibí mi nacionalidad europea. Ya no necesitaba de ningún empleador para estar en Europa. Seguía con un ánimo incierto, aguantando día a día las sutiles humillaciones de “H”, quien seguía insistiendo en intentar controlarme y verificar hasta el mínimo detalle de mis actividades, así como poniendo trabas para ascenderme o permitir que me cambiara a otro equipo. Recuerdo que le conté a un amigo que le había entregado a “H” un reporte, y que ella me había dicho que estaba tan bien hecho, que no creía que yo hubiera entendido las instrucciones que ella me había dado para prepararlo. Mi amigo me dijo que lo que “H” había hecho era decir un “backhanded compliment”, que es el término que describe un pseudo halago que en realidad busca herir.

Gracias a muchas personas valiosas, me empecé a quitar el peso encima de pensar que “siempre estaba mal”, y empecé a tener más esperanza de encontrar una salida a la brevedad… aunque todavía no sabía cómo hacerlo.

Llegó junio de 2014, acompañado del Mundial de Fútbol de Brasil. Cuando llegaba a trabajar, me pasaba el día haciendo mis pendientes mientras -a todas horas, y sin poder controlarlo- se me salían las lágrimas de la depresión. Un día, en medio de la fiebre del Mundial, en alguna parte vi un video de Shakira cantando “Dare” (“Atrévete” en español). Me quedé pensando en que cómo era posible que incluso Shakira me estuviera insistiendo en que me atreviera a cambiar. Y – sin pensarlo demasiado- redacté mi renuncia, la chequé con el sindicato (para que no me la fueran a voltear la situación) y el viernes 20 de junio la presenté ante Recursos Humanos. Le hablé a “H” -que estaba de viaje de trabajo- para anunciarle que en ese momento renunciaba, y que debía ir urgentemente al médico.

Recuerdo perfectamente cómo tomé mis cosas, le dije rápidamente a mis colegas que tenía que retirarme, y me fui a esperar el autobús. En el trayecto a la estación de tren, vi el día gris, y sentí simultáneamente el contraste entre menos peso en mi espalda y más incertidumbre en mi cabeza. Llegué a la estación de tren, y me repetí que ya no podía echarme para atrás. Tomé el tren, llegué a Leuven y fui con el doctor, que me indicó que debía quedarme en casa descansando de una a dos semanas, pues psicológicamente estaba muy débil y debía desconectarme de todo.

Nunca creí que podía sentirme tan débil. Estaba en casa, dormida todo el día, sin poder hacer más que pararme para ir al baño. Afortunadamente, conté con el apoyo moral de gente que había presenciado por años lo que estaba pasando, y que genuinamente estaba preocupada por mi bienestar. Me sentía como un saco de papas pesado, con una autoestima desplomada y sin idea de qué hacer. Durante esas dos semanas dormí muchísimo, haciendo más llevadero el proceso al tener menos oportunidad de reflexionar sobre lo que estaba viviendo.

Al final de ese periodo en cama, pasó algo inesperado: una amiga me llamó e invitó a un StartUp Weekend en Bruselas, diciendo que podría ser de mucha utilidad participar en un hackathon. Yo no tenía idea de qué era, pero -tras consultarlo con el médico- le tomé la palabra, y fui. Participar en ese hackathon fue una inyección de optimismo, como lo describo en esta entrada de blog.

Equipo “Birzo”, del Startup Weekend Brussels 2014

Cuando volví a trabajar, pude negociar que el periodo de entrega fuera solo de 5 de las 12 semanas que -ante la ley belga- debía de cumplir. Como ya había estado fuera 2 semanas por incapacidad, solamente fui 3 semanas, mismas que -a pesar de que fueron sin mucha interacción con “H” ni con otras personas- fueron muy duras porque mi cuerpo me pedía a gritos salir de allí. En especial, le di la vuelta a un hombre mayor -al que llamaré Kurt- quien, en su genuino afán de apoyarme, y con muchos años de su vida dedicados a la empresa, siempre me había recomendado insistentemente que no dejara un trabajo como el que tenía, porque la seguridad era lo más importante que uno debe tener. Me enfoqué en dejar todo en perfecto orden, evitando situaciones que mentalmente no me ayudaran, o que pudieran dar pie a chismes de pacotilla.  

El último día en la empresa, compartí una entrada de blog muy políticamente correcta a mis colegas, y “H” se acercó a despedirse. Nuestra despedida fue muy civilizada, aunque ahora me arrepiento de no haberle dicho sus verdades en ese momento. Más que justicia, o decirle a varios lo que se merecían, simplemente me urgía huir de ese ambiente sin más drama ni preocupaciones de las que ya tenía. Me salí, y tomé mi última foto de las amapolas salvajes que crecían en la parada del autobús, y que habían sido mi rayito de alegría durante todos esos años.

Las bellas amapolas salvajes que crecían afuera de la empresa, en Melsbroek. Fue tomada en alguna de las últimas semanas que estuve allí, en 2014.

Tras dejar la empresa, todo mejoró. No fue pasar inmediatamente a un panorama de miel sobre hojuelas, porque implicó cambiar mi chip mental sobre lo que el concepto de “éxito” significa, pues no encajaba con lo que había aprendido desde mis años de formación. También tuve que aprender a (re)construir una red profesional, y en dejar atrás la “seguridad” que un trabajo corporativo ofrece. Tuve la oportunidad de estar en formaciones y trabajos en los que el ambiente eran más dinámico, abierto y heterogéneo que lo que yo había vivido durante mi primera década de vida profesional. Descubrí nuevos sectores en los que la gente se preocupaba por aprender y compartir nuevas herramientas con los demás. Conocí directivos que me escucharon y valoraron. Dejé de justificar actitudes arbitrarias, y perdí el miedo a marcar mis límites ante personas tiránicas.

Pude recuperarme. Recalco esta palabra (“recuperarme”) porque el proceso fue más allá de sentirme mejor y retomar un camino profesional afín a mis habilidades y gustos: lo principal fue ver cómo volvían a aparecer aspectos de mi personalidad que aprecio y disfruto, como la capacidad de reírme de mí misma o de compartir mi opinión constructivamente sin miedo a ser humillada. Disfruté que la libertad y la creatividad volvieran a mi vida, y me sentí más plena y feliz.

En 2015, un año después de mi renuncia, estaba haciendo un curso en el centro de Bruselas, y me topé afuera del edificio Shell (una de las sedes de mi ex-empleador) con una ex colega de la empresa, quien iba al lado del Presidente de la misma. Cuando ella me presentó ante él, indicando que yo había dejado la empresa, él comentó en tono burlón que había cometido un error al renunciar. Siguiendo su tonito, le comenté que debí haberme salido mucho antes, porque desde que había renunciado había aprendido muchas más cosas que en todo el tiempo que había trabajado en la organización. No quise dar más detalles, pero sí me sacó de onda tanta arrogancia y lavado de cerebro para hacer ese tipo de comentarios. Pude haber sido un poco ácida y explicarle por qué renuncié… pero me daba hueva revivir con alguien de ese medio cosas que ya estaban quedando atrás.

Exterior del edificio Shell, en el centro de Bruselas. Crédito: Patrick Goeman

Un punto en el que vale la pena ahondar es el de la tan comentada “seguridad de un empleo corporativo”. Alrededor de un año después de haber renunciado, la empresa adquirió a uno de sus competidores y se reestructuró, despidiendo a varios de los empleados. Uno de ellos fue Kurt, quien llevaba ya cerca de 30 años en la empresa. Me di cuenta cuando en LinkedIn empezó a compartir posts de lo importante que es contratar a gente mayor de 55 años, y me dio mucha tristeza que le hubiera tenido tanta fe a una empresa, creyendo que iba a valorar su antigüedad laboral y velar por su futuro profesional.

Una empresa nunca va a tener corazón ni sentimientos hacia uno, ni te va a asegurar estabilidad, sin importar cuánto le hayas dado como empleado. Solamente recuerdo haber oído de una excepción: el caso de una empresa finlandesa, que cuando tuvo que cerrar operaciones en una rama, hizo una labor titánica para apoyar a sus exempleados -uno de ellos, el que me compartió su testimonio- para que tuvieran los recursos para abrir empresas y tener un futuro prometedor. Fuera de ese caso, creo que es poco común que una organización muestre un interés genuino en el futuro de sus (ex)colaboradores.

Durante algún tiempo me culpé preguntándome cómo dejé que una persona sin respeto ni inteligencia emocional como “H” pasara sobre mí, pero con el tiempo entendí que -en mi contexto- hice lo que creí que era lo mejor, y lo tomé como una enseñanza de vida… aunque debo aceptar que las últimas veces que tenía que volar desde el aeropuerto de Bruselas, me daba ñáñaras cuando, al despegar, miraba hacia abajo y veía ese edificio en Melsbroek en el que estuve trabajando durante ese tormentoso periodo.

Mi experiencia con “H” y con mucha gente de la empresa en la que estuve me ayudó a ser más crítica y a definir el tipo de personas y actitudes que NO quiero volver a tener ni tolerar en mi vida. También me enseñó a entender por qué una persona no siempre puede salir de un ambiente nocivo, y a buscar entender antes que juzgar. Son muchísimas las lecciones que aprendí de mi salida de esa empresa, pero -si hay algo seguro- es que a nadie le deseo que caiga en un burnout. Todos somos propensos a caer en él, y debemos hacer lo posible por evitarlo.

Cada vez se habla más del burnout, y creo que es porque antes nunca se cuestionaba el papel de los corporativos, ni se objetaban sus prácticas. El empleado “debía aguantar” por tener seguridad. La salud mental de uno vale mucho más que un trabajo, y más cuando muchas empresas todavía creen que dando trofeítos y diplomitas de “empleado del mes” logran generar un ambiente de trabajo colaborativo o justificar las acciones de una persona abusiva. Ahora, las personas son más conscientes de la manipulación, cuentan con más herramientas para tener referencias sobre una empresa, y lo piensan dos veces siempre antes aceptar un puesto por el salario si saben que el ambiente laboral está viciado. Por eso, cuando alguien habla sobre el tema de qué buscar en una empresa, siempre pienso lo siguiente:

Uno viene a trabajar porque lo necesita, pero jamás debe de hacerse un groupie de su empleador. Debe esperar respeto, un salario adecuado, y disponer de suficiente tiempo y paz mentales para tener una vida personal aparte. Debe evitar caer en el cuento de “ser parte de una familia”. Ya sea uno empleado, colega o jefe, se encuentra en este planeta para crecer, apoyar y respetar a los demás. Primero es uno como individuo, y después es el trabajo. Un entorno laboral no debe manejarse por el miedo ni el abuso. Uno nunca debe aceptar que un jefe, cliente u organización abuse de su autoridad y busque manipular ni minar el valor de una persona.”

También pienso en las palabras pendientes por compartir con quienes apoyaron ese entorno laboral tan negativo: desde “H”, hasta aquellos que disfrutaban haciendo sus bromas racistas o chismoseando con dolo sobre temas privados de los demás. No me interesa topármelas de nuevo, aunque -a modo de cierre- quedó pendiente compartirles un mensaje. Sería algo en este tono:

“Hola “H”:

Dudo mucho que leas esto, pero si alguna vez lo haces, solo te puedo decir que espero que NADIE trate a tus hijos del modo en el que tú lo hiciste conmigo. Es una pena que haya corporaciones que fomenten y premien actitudes como las que tú tuviste hacia mí.

Ojalá que el departamento de Recursos HUMANOS de empresas como en la que me tocó conocerte realmente entiendan la palabra HUMANO y elijan mejor a sus jefes (de cualquier nivel). No es correcto que solo se hagan de la vista gorda y se preocupen por operar y quedar bien internamente, ignorando focos rojos evidentes.

Sería genial que personas como tú realmente entendieran que crear un ambiente homogéneo es muy dañino, porque poco a poco construye el discurso de que solo se deben tomar decisiones bajo una perspectiva casi dictatorial. Eso de la diversidad no es nada más para usarlo de dientes para afuera en las campañas de PR de grandes corporaciones, sino para ver cómo debe aplicarse de verdad.

Es tiempo de cambiar. Quizás tú no entiendas esto, pues está cabrón cuando ya uno tiene el cerebro tan lavado por un corporativismo maquiavélico. Ojalá -de perdida- otras personas alrededor de ti sí lo hagan.”

Más allá de hablar del autoritarismo (apoyado por el corporativismo que prioriza “la productividad” sobre el bienestar de las personas) y del burnout, en términos generales es tiempo de luchar contra el estigma de no hablar sobre la salud mental. En el proceso de recuperarme, me ayudó mucho ir a terapia, hablar de todo lo que había pasado, y usar herramientas para fortalecerme mentalmente. Por ende, cuando alguien que vive una problemática similar a la que yo pasé y me pide mi consejo, lo primero que le digo es que cuide su salud mental y vaya con un buen psicólogo. Le pido que vea la psicología como un modo para poder confrontar sus problemas, evitándolos echar “abajo del tapete”.

Me preocupa muchísimo la cantidad de gente que –ante situaciones tan desmoralizantes como la que yo viví- se refugia en las redes sociales, en viajar, en inscribirse en retiros “de autosanación” o en unirse a alguna “agrupación” (por no llamarle secta) esperando que la solución caiga del cielo, o alguien más se la proporcione, en lugar de que buscarla apoyado por un profesional. Estoy consciente que no todas las personas tienen la posibilidad económica de tener terapia, pero si alguien sí puede costearlo, ojalá no dude en hacerlo.

Retiro de autosanación de Ricardo Ponce, quien tiene numerosas acusaciones de abuso sexual por parte de asistentes a sus retiros. Crédito: Cuenta de Instagram de Ricardo Ponce

Si estás pasando por un periodo en el que el ambiente de trabajo que te rodea te resulta una cárcel de la que sientes que no puedes salir, deseo que puedas rodearte de personas y factores que te ayuden a salir adelante para retomar la paz, alegría y buena vibra que toda persona merece. Puede parecer que no es fácil, pero confío en que hay luz al final del túnel.

Si eres un directivo en una empresa, o trabajas en el departamento de Recursos Humanos, reflexiona sobre los procesos en donde laboras. Cuestiónate que es “productividad”, y cómo se puede lograr a través de un ambiente laboral de respeto y consideración hacia las personas. Si tu motivación es meramente económica, velo por el lado de que un ambiente laboral despótico tiene más probabilidad de dar pie a problemas de salud mental, bajas laborales y renuncias, y esto generará más gastos en selección y capacitación. Invertir el tiempo para diseñar procesos para que un empleado se sienta bien vale la pena, pues va a ser más eficiente y apreciado.

Es tiempo de centrar nuestra visión para convertirnos en seres e instituciones cuyo criterio de “evolución” sea más amplio y humano. Si ya hay tantos problemas de salud mental, ¿por qué no damos el paso para crear ambientes laborales más sanos?  

Escuchar, y entender…

A propósito de que ayer se oficializó el triunfo de Pedro Castillo en Perú, comparto la conversación que oí hace poco más de un mes en un espacio público. Estaba yo sentada en una mesa, y llegó un hombre conocido a sentarse en otra mesa a trabajar. Recibió una llamada, y empezó a decir:

“¿Ya viste quién salió electo presidente de Perú? Qué vergüenza. Con su sombrerito, tiene finta de rancherito y ni sabe hablar bien. Está peor que AMLO, me cae. Neta, ¿cómo pudo obtener tantos votos? Esos peruanos están en el hoyo.”

Esta conversación es el pan diario que vivimos en México (y -posiblemente- en Latinoamérica). Se considera que una persona es “confiable” porque va con su saquito y corbata, está bien peinadito, y habla con un español “perfecto” (que -a la fecha- no entiendo bien qué sea). Refleja también el criterio de la clase privilegiada que insiste en mantenerse alejada de la realidad, y que se precipita a juzgar a la ligera y de modo visceral, sin siquiera preocuparse por entender la historia y el contexto social de la elección de otro país.

Cuando -estando en Bruselas- coincidía con miembros de varios partidos políticos, y se ponían a hablar de la política en Latinoamérica, por dentro me reía por su halo de inocencia sobre el tema, cuando creían que tanto la izquierda como la derecha al otro lado del Atlántico tuviera alguna similitud con lo que veían en su trabajo. Latinoamérica es una zona de polarización, en donde pululan los políticos (con sus achichincles y lamepatas incluidos) que -sin ética de por medio- nomás buscan qué llevar para su pozo (y sí, lo mismo hay en Europa, pero con muchísimo menos descaro y proporción en los abusos).

Mi experiencia con los políticos en la última elección en México me confirmó que clasificar a algún político como de “izquierda” o “derecha” no sirve de mucho. Prefiero analizar acciones y posturas desde diversas lupas, y -entonces- crear mi propia opinión. Si esto lo aplicamos a analizar lo que pasa en otros países, cabría mencionar que en México la educación sobre la historia latinoamericana es bastante limitada. Al estudiar durante mi niñez y adolescencia en México, aprendí más sobre la historia de Europa que la de Latinoamérica: todo lo que respecta a la historia reciente de Latinoamérica la aprendí yendo a círculos de discusión en Bélgica, y hablando con refugiados políticos latinoamericanos es ese país.

Por eso, no me sorprende toparme con comentarios como los de mi conocido, humillando a una persona solo por su apariencia. Sí me picó la curiosidad de preguntarle sobre la historia de Perú, pero ni lo intenté porque con el modo de expresarse, ni me latió… Siento que hubiera sido la típica plática en la que, simplemente por preguntar algo, se vuelve una sesión de adoctrinamiento con tintes elitistas para ocultar su ignorancia, y de eso ya hay mucho en México.

Me gustaría estar ahorita en Perú. Me iría a caminar con mi amiga Ana, con quien hablábamos tan a gusto de todo tipo de temas. Me estaría paseando con ella en la playa, y nos moriríamos de risa cuando las olas nos revolcaran. Escucharía -solamente escuchar, sin decir nada- lo que dice de su país, para irnos a Lima y reunirnos con otros amigos para que nos compartieran sus experiencias y visión sobre lo que está pasando. Escucharía y escucharía, sin hablar, procurando entender…

Lo que Yos refleja sobre nosotros

¿Por qué el caso de #YosStop debe generar varias reflexiones?

(de la serie “Sobre el márketing ético”… capítulo 1)

La libertad de expresión lleva consigo mucha, pero mucha responsabilidad. Es algo que hoy en día, se pasa por alto. Y es algo que en el caso de la influencer Yoseline Hoffman (que hace unos días fue detenida), debemos tener presente.

Pero… ¿por qué me interesa el caso de esta chica? Ante todo, le debo mucho material para haber escrito mi primer guion cinematográfico. Pero… ¿por qué el caso de Yoseline es mucho más que un chisme del espectáculo, o inspiración para un guion? Vale la pena compartirles mi historia, para que entiendan por qué me interesa hablar sobre el tema.

Mi primer contacto cercano con un influencer fue con el hijo de un jefe mío. Trabajaba yo en un coworking que también fungía como centro de tecnología en Bruselas. Un día, por allá de 2017, mi jefe me presentó a su hijo, mencionando que era un “exitoso influencer”. Como alguien que había trabajado varios años en mercadotecnia, conocía qué era un influencer y su creciente importancia en los convenios empresariales para incrementar el ROI (retorno sobre inversión) de las campañas publicitarias, pero nunca me había tocado conocer personalmente a uno. Hablé brevemente con el chico, que me mostró su cuenta de Instagram, que no era más que un montón de imágenes manipuladas con Photoshop con un sentido del humor facilón y vulgarsón… pero que tenía 350,000 seguidores. En un país pequeño como Bélgica, es un número bastante considerable.

Me olvidé del asunto hasta que hicimos la apertura oficial del centro de tecnología. Por el incremento del precio de la criptomoneda Bitcoin en 2017, ese centro había atraído visibilidad porque promovía Blockchain (la tecnología sobre la cual se basa Bitcoin). Yo estaba ocupada en el evento, cuando -de la nada- me llamaron para entrevistarme, sin darme contexto alguno de quién me iba a entrevistar, o de qué iba a hablar.

Me sentaron en un sofá, y llegó el hijo de mi jefe a entrevistarme para aparecer en el canal digital de la televisión nacional flamenca. La entrevista empezó con preguntas sobre temas de tecnología, pero se desvió para preguntar si yo había invertido en Bitcoin. La pregunta me pareció fuera de lugar y derivada de un ánimo de parecer “cool” y colgarse del tren del mame del “mundo cripto”, por lo que ofrecí una respuesta neutral, y la entrevista terminó. Me pareció un estilo de “periodismo” poco profesional, sin preparación ni ética de por medio.

Esa primera experiencia con un influencer me dejó pensando en muchas cosas, pero -principalmente- en cómo nadie cuestionaba su contenido tan hueco, y cómo un chico de 25 años podía vivir del mismo. La cereza en el pastel fue que su padre quiso empezar a manejar las redes sociales del centro de tecnología con el mismo tono vulgar con el que su hijo manejaba su cuenta de Instagram. Un ejemplo fue cuando mi jefe trajo a una chica a caminar totalmente desnuda al centro de tecnología en horas laborales, y luego llevándola a la terraza para una “sesión de fotos eróticas”, una de las cuales subió a la cuenta de Instagram de centro de tecnología). Ante tanto mal gusto y sexismo (porque no solo fue este, sino bastantes incidentes), no pude más: presenté mi renuncia y dejé ese trabajo.

Post de Instagram del coworking /centro de tecnología en el que trabajé entre 2017 y 2018

Lo que me dolió de dejar ese trabajo fue que un proyecto con tanto potencial estaba siendo opacado por el afán de la parafernalia del “blof” y la obsesión por las redes sociales. Me di cuenta que mi enorme gusto por promover ciencia y tecnología a través de entradas de blog en LinkedIn paulatinamente iba a disiparse. Estaba ante alguien cuyo objetivo parecía ser convertirse en un influencer y manejar toda la comunicación de la organización como una cuenta de Instagram de un adolescente, con un ánimo obsesivo por los “likes” y los “shares”, y no por mejorar la calidad de los proyectos que se estaban realizando. No valía la pena dedicarle más tiempo: era una batalla perdida. En ese momento me di cuenta de cómo, de modo concreto, el fenómeno de los influencers puede trastocar nuestras vidas.

Cuando -meses después- me mudé de Bélgica a México y empecé a tomar cursos de cine, el primer guion que me vino a la mente hacer fue de influencers, y la forma en la que todo el mundo les cree al pie de la letra lo que dicen, y se traga sus apariencias y excesos. A fin de hacer un guion con un toque local, empecé a informarme sobre influencers en México, y me metí -lo más que pude- a indagar en todas sus redes sociales, dando pie al nacimiento de “#LadyHonduras”, mi primer guion de cortometraje (mismo que resultó seleccionado para producción y cuya producción está pospuesta por la pandemia del COVID). En este corto, uno de los personajes está inspirado en la influencer Yoseline Hoffman (aka YosStop), que justamente hoy acaba de ser vinculada a un proceso penal.

El guion del corto “#LadyHonduras” habla principalmente de tres influencers y el ambiente de mentiras y manipulación en torno a ellos. Una de las influencers que aparece en el mismo está basada en Yoseline. De todos los influencers mexicanos que me tocó estudiar, Yoseline me pareció la que más destacaba de las influencers mexicanas por sus frecuentes comentarios llenos de crueldad y falta de empatía hacia los sentimientos de los demás. Las actitudes de Yoseline me parecieron deliberadamente pensadas en parecer “cool” y valegorro, promoviendo que ser sarcástica, erigirse como una lideresa moral y buscar molestar a los demás es lo necesario para triunfar. A pesar de tener, en 2020, tener casi 30 años, siempre me pareció que la manera de expresarse de Yoseline caían en la inmadurez y el léxico dignos de alguien que tuviera diez años menos de edad.

Llamada de casting para el cortometraje “#LadyHonduras” / (Fuente: Instagram personal)

Me familiaricé con Yoseline y su afán de tratar de vender toda su vida personal, de monetizar a más no poder los pleitos durante su convivencia con su familia. Por ejemplo, sacar los trapitos al sol de su hermano Ryan -otro influencer que se hizo famoso por sus retos y actitudes con tinte sexual dignas de un chico de 13 años, y no de un hombre de más de 30- y de decir lo que le viniera en gana escudándose en la “libertad de expresión”.  De allí, nació el personaje de Ximena, un influencer sin límites, obsesionada con el dinero y con incrementar el número de sus followers a toda costa, incluyendo si ello requería decir cosas terriblemente hirientes. Aquí está su descripción:

Descripción del personaje de Ximena, del cortometraje “#LadyHonduras” (Fuente: Lookbook del corto)

Las similitudes entre el personaje de Ximena y Yoseline son numerosas. Incluso, en el lookbook del corto, tomé imágenes de la habitación de Yoseline para el diseño de arte de la habitación de Ximena. En la historia de “#LadyHonduras”, a Ximena le sucede algo inesperado y su carrera empieza irse en pique… y por algo han de decir que el cine es profético, porque a Yoseline también le ha pasado algo que está impactando su carrera. Pero más que su carrera, está pasando algo que seguramente va a afectar toda su vida.

Inspiración para la habitación del personaje de Ximena del cortometraje “#LadyHonduras” (Fuente: Lookbook del corto)

Por sacar provecho de la pena ajena, en 2018 Yoseline publicó el video “Patética Generación” en el que asume información, ofende repetidamente a la menor de edad Ainara, y presumiendo de tener material muy delicado de la violación sexual de la menor (aquí hay una nota general, pero los detalles los pueden encontrar en cualquier búsqueda en línea). Yoseline se basó en “un teléfono descompuesto” (osea, en sus conclusiones basadas en chismes) para armar el contexto sobre el caso de la violación, dándole al caso una visibilidad mayúscula y crucificando públicamente a Ainara y su familia, originando que vivieran un infierno.

Apoyada por grupos feministas, Ainara acaba de demandarla penalmente, a Yoseline la detuvieron hace unos días, y hoy (5 de julio de 2021) se confirmó la vinculación al proceso penal de la chica Youtuber. Pase lo que pase con Yoseline, me parece que se están sentando varios precedentes en el tema de la libertad de expresión en México, y -más que verlo desde el punto legal- yo quiero hacer las siguientes reflexiones sobre lo que Yoseline refleja sobre nuestra interacción con medios digitales:

  • ¿Cuáles son los límites de la libertad de expresión? ¿Por qué aceptamos que una persona ejerza violencia en línea y dañe a los demás escudándose en la misma? ¿Por qué esa violencia en línea se ha normalizado?
  • ¿Porqué Yoseline nunca cuestionó su propio contenido? Y no lo digo desde el punto de vista de tener consideración a Ainara (pues claramente nunca le importó la integridad de la menor y de su familia), sino -ya de perdida- de evitar romper la ley. ¿Nunca se imaginó que podría estar cometiendo algo gravísimo?
  • ¿A qué se debe que Yoseline tenga tantos seguidores? ¿Qué dice esto sobre el contenido que la juventud mexicana está eligiendo ver, y sobre la sociedad que somos? En posts anteriores ya he tocado este tema, pues desde hace mucho me preocupa el comportamiento colectivo del mexicano.
  • ¿Cómo es posible que una mujer cercana a la treintena de edad se haya expresado con tanta crueldad de una menor de casi la mitad de su edad, y que -en ese momento- nadie (por ejemplo, otro youtuber, o algún periodista) la haya cuestionado?
  • ¿Por qué los seguidores de Yoseline la defienden a capa y espada, justificando todo lo que haga? ¿Nunca se han puesto a pensar en el sesgo que han desarrollado, ni en lo dañino que es poner a alguien en un nicho, catalogándolo como “intocable” y adoptando una postura de groupies? A la fecha, muchos de sus seguidores la apoyan ciegamente y aplauden lo que hizo… y siguen revictimizando a Ainara.
  • ¿Por qué una mujer cree que está “empoderada” al expresarse con tanto odio y misoginia ante la violación sexual de otra mujer? ¿Como es posible que una persona (supuestamente, adulta) pierda la brújula y se le olvida tanto la empatía como el sentido común al hablar sobre el tema?
  • ¿Cómo se puede explicar que marcas como Shein -entre otras- hayan sido patrocinadores de Yoseline, sin importarles un comino el odio con el que esta chica se ha expresado, y a las personas que ha afectado? ¿Qué pasa con los estatutos de ética dentro de los departamentos de mercadotecnia de estas corporaciones al elegir a quién contratar para promover sus productos?
  • ¿Qué podemos hacer como sociedad para que los jóvenes de este país adquieran mayor sentido crítico, y reflexionen sobre sus acciones en redes sociales, tanto al compartir información, como al seguir y apoyar a otros?

Aunque la madre y la pareja de Yoseline han salido a defenderla diciendo que “es bien trabajadora” y que “ella simplemente comentó un caso que ya era público”, lo innegable es que Yoseline siempre ha hecho sus lives y videos por conseguir visibilidad y vivir de ello, pasando sobre quien tenga que pasar. Sin ser yo una experta en leyes, la chica está pagando caro su ambición, pero la culpa de que ella se haya sentido lo suficientemente “empoderada” es el apoyo de su base de seguidores (dependiendo de la plataforma, desde 2 millones hasta 8.76 millones).

Así que, la próxima vez que usemos una plataforma en línea o red social, hay que cuestionarse más a detalle qué es que uno ve, a quién sigue, y qué representa esa persona. Como muestra, comparto esta nota sobre los escándalos relacionados con temas de abuso sexual y propaganda ilegal del PVEM de Youtubers y celebridades mexicanos en 2021. Si uno es padre de familia -por desgracia, y con toda la flojera que implica- es muy conveniente estar al tanto de temas de influencers, pues los jóvenes toman a estos comunicadores como modelos a seguir. Así, un padre de familia al menos tendrá una idea de qué está viendo tu hijo, y podrá entender cómo abordar el tema con su hijo para hacerlo consciente de la calidad del contenido al que tiene acceso.

Cierro esta reflexión recordando a Georges Ruggiu, el hombre belga presentador de la estación de radio ruandesa “Radio Télévision Libre des Mille Collines”, quien en 1994 -a través de la estación de radio- jugó un rol estelar en desatar en genocidio en Ruanda al transmitir mensajes de odio contra los tutsis. Lo que él hizo es una muestra de la falta de los límites en la libertad de expresión, y -si no reflexionamos sobre el tema- diariamente contribuimos a darle a los influencers que promueven odio un poder mediático que no merecen.

22 de marzo (en cuento)

Un cuento colaborativo de @katika_munoz  y d3a (texto  e ilustraciones-respectivamente-), convocado por el Centro de Cultura Compartida de Querétaro, Querétaro.

Este cuento se basó en el escrito que hice a propósito de los ataques terroristas de Bruselas de hace exactamente 5 años. Esa fecha es inolvidable, y no solamente por haberme librado de un ataque, sino de haberme interesado más en temas de migración y de por qué existe tanto odio en el mundo. La entrada de blog que escribí ese 22 de marzo de 2016 está aquí: https://katiamunoz.wordpress.com/2016/03/23/bruselas-22032016/

La escritura ha sido mi herramienta para aterrizar muchas de las emociones que aún tengo sobre ese día. Por eso, además de agradecerles que lean este cuento, los invito a que escriban: es un ejercicio maravilloso.

Esa mañana, me desperté en la madrugada por la ansiedad. A pesar de que esa semana había podido zafarme de tener que volar a Basilea y lidiar con el estrés de mi jefe neurótico, no podía quitarme de la cabeza que el arranque del nuevo sistema de software del cliente más importante de la consultora era en una semana, y que aún había mucho por hacer. Me tomé un té mientras me asomaba hacia el faro que iluminaba la Avenida de la Brabançonne, saqué mi computadora de la mochila gris, la encendí y empecé a responder mis correos electrónicos, mientras el equipo de desarrollo de software en India me bombardeaba con preguntas por chat.

“Apenas son las 6:00 am, y ya estoy cargada de chamba… ¡A darle!”, pensé.

Saqué el cable para conectar la computadora, y me di cuenta que allí estaba mi reporte de viáticos del mes.

“¡Qué tonta! Se me olvidó dejárselo. Qué hueva tener que ir hasta la oficina. Pero… bueno, al menos allí me concentro mejor”. Sabía que Nikki, la asistente del socio, me iba a armar un pancho si no se lo llevaba, y -siendo ya el 22 del mes- ya me había pasado por un día. Apagué la computadora, me quité la pijama y me metí a bañar.

Me sequé el pelo y me lo peiné mientras me vestía y me preparaba otro té. Me puse los tacones, salí rápidamente y empecé a caminar a través del parque de Ambiorix hacia la estación de Schuman mientras pensaba: “¿qué será mejor… el tren o el metro?” Siendo tan temprano, no tenía idea de cuál opción podría ser la mejor, pero para lo chiquita que es Bruselas, la diferencia en tiempo era mínima.

Pasé al lado de Kitty O’Shea’s y, al bajar por las escaleras eléctricas para entrar en la estación de Schuman, me quedé viendo las banderas de la Unión Europea que ondeaban afuera del edificio de la Comisión Europea.

Entré a la estación y vi que estaba a punto de salir un tren hacia la Estación del Norte. Salí disparada hacia la vía número 3, y me subí justamente cuando sonaba la alarma de cierre de la puerta. Durante los 10 minutos del trayecto, me dediqué a pensar en la inmortalidad del cangrejo. Por fortuna, cuando llegué, estaba a punto de salir un tren que hacía parada en Diegem. ¡Qué churro que no iba tener que llegar hasta el aeropuerto para luego tomar un bus a Diegem! Esperé a que unos señores subieran sus maletas al tren antes que yo, y me subí. Empecé a leer, pero dejé de hacerlo, temerosa de quedarme absorta en la lectura y no bajarme a tiempo en la estación. Poco antes de las 8:00 am, me bajé en Diegem y caminé los 10 minutos hasta mi oficina.

Entré al edificio de la consultora, y empecé a trabajar. Nikki llegó y le entregué mi reporte de viáticos mientras ellas bromeaban con que por poco y no me los reembolsaría por mi descuido. Le sonreí, y me regresé a trabajar cuando me topé con Clara, mi colega de proyecto.

Media hora después, oí que Nikki exclamaba mientras veía la fumarola de humo que se veía desde la ventana, desde donde se veía el aeropuerto. Chequé mi cuenta de Twitter y vi el video de la gente que salía despavorida de la puerta principal del lugar. Mi primer pensamiento fue que a la gente que iba en mi tren le debió haber tocado la explosión. Pensé también en los 7 años en los que diariamente pasaba por el “Brussel Nationaal Luchthaven” (el nombre oficial del aeropuerto) rumbo a mi trabajo anterior.

-¡No puede ser! ¿Cómo se les ocurre hacer un atentado hoy? Seguramente va a haber un tráfico horroroso para llegar a mi casa por la noche. ¡Si me acabo de comprar un vino nuevo riquísimo para probarlo con Hans!- decía Clara mientras Nikki comprensivamente asentía, y yo hundía mi cara en la computadora.

Una hora más tarde, por WhatsApp, mi amiga Vale me comentó sobre sobre la explosión en el metro, entre Maelbeek y Kunst Wet. Ahí sí me quedé helada. Vivo a 800 metros de la estación de Maelbeek. Frecuentemente tomo el metro desde Schuman a la Estación Central, pasando por donde fue la explosión.

Y de pronto, mi existencia se convirtió simultáneamente en un milagro y en un sobreviviente. ¿Por qué esa semana decidí quedarme a trabajar en Bélgica? ¿Por qué ese día me desperté tan temprano? ¿Por qué no tomé el metro? Empezaron a aparecer los “si hubiera…”:

“Si esta semana hubiera decidido irme a Basilea, si hoy hubiera decidido trabajar desde casa, si hoy hubiera tomado un tren que llegara primero al aeropuerto y desde allí tuviera que haber tomado un autobús, si hoy me hubiera despertado un poco más tarde y hubiera tomado el metro en Maelbeek. Si hubiera tomado una decisión de modo ligeramente distinto…” Me cruzaron tantas combinaciones por la mente que ni podía terminar de hilar un pensamiento cuando ya me estaba entrando otro.

No pude dejar de pensar en eso. Era como si un grupo de bandidos me hubieran estado siguiendo desde que salí de casa, manejándome a su gusto y conveniencia, robándome la tranquilidad con la que había estado viviendo todos esos años, en los que creía que Bélgica era un país mucho más seguro que México. ¿No que en México había muchos rateros y demasiada inseguridad? Me habían chamaqueado bien y bonito: ni Bélgica, ni ningún rincón en el planeta era totalmente seguro.

En ese momento, les pedí que me siguieran a la sala de juntas. Me encerré y me senté con ellos, y les abrí mi corazón. Les dije que me disculparan por las veces que pude haber sido indiferente e insensible ante las necesidades de los que necesitaban ayuda. Les prometí que, alguna vez, hablaría sobre ellos de un modo en el que se sentirían dignos de que otros supieran sobre su existencia. Les dije que encontraría el modo de que su frustración y su dolor fueran vistos con empatía, pero que era cuestión de que yo encontrara la voz y el tono adecuados para que otros me escucharan y entendieran. Me vieron con sus ojos -esos que resaltaban con sus cuerpos tan oscuros- y vi cómo se les llenaron de lágrimas. Pusieron sus garras sobre mi mano y empezaron a…

Clara abrió la puerta de golpe preguntándome si quería acompañarla por un café. Me dijo que ya casi se iba a ir porque había muchos embotellamientos de tráfico y no quería llegar tarde a su cena. Le dije que tenía que quedarme a trabajar allí encerrada para poder concentrarme bien, y me despedí de ella. En cuanto cerró la puerta, volteé, pero ellos ya se habían marchado.

Me esperé a que todos se fueran de la oficina para hablarle a mis padres. Les dije que no sabía qué iba a pasar, porque no se podía entrar a Bruselas, ni tampoco había transporte público, ni un solo Uber que me pudiera recoger… pero aunque alguien pudiera recogerme, ¿a dónde iba a ir?

Me puse a ver la tendencia del día en Twitter, y encontré que las hashtags #BrusselsOpenDoors y #IkWilHelpen (“Bruselas puertas abiertas” y “Quiero ayudar”, respectivamente) ofrecían hospedaje y aventones a la gente atorada.

“¿Alguien pasa por Diegem? #IkWilHelpen ” – escribí, sin mucha esperanza de que alguien pasara por esa tierra de nadie casi desierta. Empecé a ver con cariño la alfombra de la sala de juntas, pensando que sería mi cama en esa noche, y empecé a imaginar más ataques terroristas.

“Yo paso por allí. ¿En dónde te veo?” me contestó un tal @MrFilip, ante mi sorpresa.

“Berkenlaan 8-A. Estaré en la puerta” – respondí con sorpresa.

Me quité los zapatos y los cambié por unos con un tacón más bajo que tenía en mi casillero. Dejé mi laptop, pues ya no la iba a usar. ¿De qué servía dar la vida por una empresa, si -de todos modos- ya era una muerta en vida para ella? Aparte, todos ya nos íbamos a morir. Salí en medio de la noche mientras la brisa revoloteaba mi pelo. Filip llegó en su moto, se estacionó y se quitó el casco. Me ofreció una sonrisa tímida mientras ponía mi bolsa en el compartimiento de su moto.

“¿A dónde te llevo? Disculpa, no tengo un casco extra porque no tenía planeado llevar a algún pasajero. Para como están las cosas, no creo que la policía nos pare por eso”, me dijo, mientras yo me subía a la moto.

“No te preocupes. Vamos a dónde sea. Da igual. De todos modos, no sabemos si mañana estaremos aquí, ¿o no?”- le dije, mientras me subía.

Filip sonrió, y arrancamos. Sentí la brisa jugando con mi pelo, y cerré los ojos sabiendo que eso era la verdadera libertad.

#22March #22maart2016 #terroristattack #BrusselsAttacks #Belgica #22Marzo #22mars #TousEnsemble

El fin de la cuarentena

Hoy, 30 de mayo, se acaba la cuarentena en gran parte de México. Mañana empieza la “nueva normalidad” que -para fines prácticos- va a depender mucho del municipio en el que una persona se encuentre. Y yo cruzo mis dedos para que -aunada a la complejidad de estar en un país tan extenso y tan variados en términos de la concentración de los casos de COVID-19- nuestra sociedad entienda que debe manejarse con prudencia y sin caer en el pánico.

Como mexicana y activista sobre COVID-19 al frente de #CiudadanosActivosMX, las últimas semanas han sido un shock muy fuerte para mí. Frecuentemente me dieron ganas de llorar, pero retomé la compostura, y seguí.

¿Cómo es posible que el gobierno de este país se esperara hasta el 13 de abril de 2020 a compartir la información de los casos de contagio de COVID-19 a nivel municipal, y tuviera a los científicos de datos, epidemiólogos, estadistas y demás tratando de calcular las cifras de los mismos, cuando esa información estaba disponible desde semanas antes? En términos de manejo de información, eso me pareció un crimen, porque se pudo haber sacado muchísimo provecho de tener información para hacer un hacer pronósticos con los datos y poder optimizar los recursos existentes.

¿Cómo es posible que, al principio de la cuarentena, lo único que le preocupaba a muchos miembros de la ciudadanía y de la iniciativa privada fuera acaparar equipo médico (sobretodo, máscaras N95) a grado tal de que los médicos ya ni siquiera las pudieran conseguir para ellos, y que se jugaran la vida atendiendo sin estar debidamente protegidos? Veía en foros en línea solicitudes de miles de máscaras solicitadas por particulares, muchas de las cuales seguramente quedaron guardadas en un almacén, mientras la gente que verdaderamente las necesitaba no las tenía.

¿Cómo es posible que los grupos de Makers (los que han estado poniendo gratuitamente sus máquinas de corte láser y/o impresión en 3D así como su mano de obra para producir caretas de protección que se donan a hospitales) tuvieran que -prácticamente- suplicar para juntar las donaciones para cubrir los costos fijos de fabricación y de logística? Es verdaderamente una pena que

¿Cómo es posible que me contactaran voluntarios buscando unirse a nuestra iniciativa para “apoyar porque tiene tiempo libre y mucho entusiasmo”, y cuando ya vieron que sí había chamba, me dejaran mis mensajes en visto, y no tomaran las llamadas que les hice? ¿O que me contacte gente que “está muy preocupada y quiere ayudar a México”, y solamente me contacte para intentar venderme algo (sobretodo, equipo médico, o material antiséptico chafa y a precios inflados), cuando cada minuto que les he dado, es un minuto perdido para hacer algo ante el COVID-19?

¿Cómo es posible que me contactara gente pidiéndome que le ayudara a promover un hackathon (que no tenía ningún objetivo específico, pero que se tenía que hacer porque “lo indicaba alguien de una sede de eventos tech en E.U.A”), que me pidiera mi opinión honesta y argumentada, y que después me ignorara? Es verdaderamente una pena que no seamos críticos, y que hagamos cosas solo porque “en E.U.A. se hacen”. Compruebo que no solo en Europa a muchos les interesa organizar eventos tech a lo loco (que son pura fachada, pero que dejan muy poco -o nada- en concreto) para quedar bien, en lugar de cuestionarse si mejor pueden ayudar a alguna otra causa que realmente requiera su tiempo y recursos.

¿Qué pasa por la mente de las personas que, por socializar o por algún fin lucrativo, insistían en seguir su vida con visitas y reuniones (incluyendo la del 10 de mayo) diciendo “qué tanto es tantito”, aún cuando a inicio de mayo de 2020 fallecieron cuatro hermanos en Querétaro por haber organizado una reunión? Uno se quedó en casa y salía solamente al súper con mascarilla y -en los últimos días- guantes, para llegar y ver que varios vecinos recibían numerosas visitas sin tomar las mínimas precauciones. Dado que mi experiencia lidiando con vecinos en México no ha sido agradable, pues ni para qué comentarles algo ni intentar razonar con ellos.

¿Cómo es posible que lo que lo que hemos visto sea una falta de interés por el bien colectivo, y un afán de acaparar (y acumular) todo para uno mismo, o hacer las cosas nada más por sacar provecho? ¿Por qué por parte de muchos hay un afán de politizar ciertos asuntos y dividir a las personas? ¿De qué se trata? ¿De creer que todo está bien porque uno tiene Netflix y palomitas, y que lo que pase fuera no es problema de uno?

No quiero faltarle al respeto a nadie, pero es desmoralizante ver cómo el esfuerzo de doctores, activistas, Makers, y mucha gente valiosa y que genuinamente se mueve se va a la borda por actitudes tan individualistas y sin sentido crítico. ¡No se vale!

En un periodo muy corto de tiempo, he visto tanta informalidad, doble cara, fraude, reventa, encubrimiento de información y especulación cómo nunca me imaginé que podría atestiguar en mi vida… y de primera mano.

Como país y como ciudad, la única manera de empeorar y evitar caer en lo que ciudades como Guayaquil, Nueva York o Madrid vivieron o están viviendo, es uniéndonos y siendo colaborativos y empáticos. Ya es incluso un poco tarde, pero podemos corregir esta mentalidad. Y -como lo hago frecuentemente- mi mente vuela a pensar en Japón, un país que adoro y que admiro muchísimo.

Pensemos en por qué Japón es el país que es. Ubicado en una zona de alto riesgo geopolítico, es uno de los países más organizados en manejar crisis de muchos tipos. Y… ¿por qué lo ha logrado? Porque saben que no pueden salir adelante sin unirse en todo. Bien lo digo Guillermo del Toro en una masterclass que dio en 2018 en el museo Bozar en Bruselas : “los mexicanos somos un poco como los japoneses (yo creo que del Toro lo quiso decir en el sentido de ser un país de alto contexto), pero no tan ordenados”. Se vio súper diplomático, porque -con lo que he visto en los últimos días- yo sí hubiera dicho: “…pero tiene muy errado los conceptos de bienestar y acciones colectivos”.

En Japón, hasta las personas que viven en la calle son auxiliadas por el gobierno y por la ciudadanía con respeto, sin ser objeto de burla ni llamado “pobre güey, que se muera de hambre porque le tocó ser jodido con mentalidad de loser”. Nada de clasificar a las personas para ver si merecen o no un trato humano. Allí valoran la dignidad de la persona: se apoya al adulto mayor, se protege a los niños, se respeta el medio ambiente… un país admirable, que -gracias a la colaboración- se repuso de los bombardeos tan horrorosos de Hiroshima y Nagasaki de 1945 para ser lo que hoy es.

En México, somos colectivos y muy organizados para echar desmadre, ver el fucho, firmar iniciativas en change.org, mentar la madre con hashtags en Twitter a lo loco, y pistear. También lo somos en casos trágicos, pero solo cuando ya nos cayó el chahuixtle (como con los terremotos). Sin embargo, no lo somos para lo que es verdaderamente importante: valorar genuinamente el concepto de bienestar colectivo y ser proactivos con una buena planeación estratégica para lograr los objetivos que se hayan indicado. Y si Japón es el país con las cosas positivas tan maravillosas que tiene, es porque la gente sí entiende esos conceptos, y los asimila desde el espíritu, y no desde el ego.

Apelo a la humanidad de quien lee esto para que reflexione sobre sus actos, y que lo tenga mucho en mente, sobretodo por las semanas que van a venir (y en todos los aspectos, porque se van a venir años muy duros). Que deveras NOS INTERESE el bien colectivo. No dejemos que hasta las “bestias” (animales) muestren más humanidad y sentido común que nosotros. Es más, no perdamos nuestra humanidad.

POR FAVOR:

  • Infórmense debidamente sobre el contexto actual y las necesidades del sector médico, y busquen ayudar.
  • No se presten a iniciativas y prácticas de dudosa reputación, que se centran en la acumulación, el fraude, la reventa, y la especulación. Cuestionen a fondo cualquier solicitud de ayuda, y exijan que las intenciones y las cuentas sean claras. Denuncien ante la autoridad si ven esto.
  • Únanse a iniciativas que sí están funcionando, y sean francos en sus intenciones y en los recursos con los que desean aportar.  Eviten maquillar sus intenciones: eso funciona súper bien para captar “leads” en mercadotecnia, pero no es ético usarlo en una situación de contingencia sanitaria… no hay que ser mezquino.
  • Básense en datos duros, y eviten referirse a fuentes alarmistas y que no tengan información verificada.
  • Sean proactivos en las cosas. Piensen en qué pueden ayudar y -si hay alguien que ya lo está haciendo- únanse.
  • Lo más importante: en general, denle prioridad al bien colectivo sobre el beneficio personal. Entiendan que cada persona vive circunstancias diferentes y tiene distintas prioridades, y que hay que buscar entender a los demás y ponerse en sus zapatos.

La cuarentena termina, pero esto no es signo de que todo tiene que ser cómo antes. Es tiempo de ser cautos, y de ver cómo mejorarnos a nosotros y a nuestro entorno.

Gracias por leer estas líneas.

8M y 9M: con la playera bien puesta

En este blog, apoyamos el #ParoNacional femenil del 9 de marzo en México.  Además de participar en él, deseamos contribuir con la venta de playeras alusivas al tema.

La ganancia por la venta de estas playeras será para financiar la terapia grupal de mujeres que han sido víctimas de la violencia; esta terapia será coordinada por la Psicóloga Liliana Vázquez Roa, quien las entregará el 8 de marzo en el centro de Querétaro, Querétaro.

En este gráfico se muestran los modelos disponibles para dama y caballero. Para mayores informes, favor de llenar esta ficha de Google.  Tras llenarla, nos pondremos en contacto contigo. ¡Gracias por ser parte de esta acción!Playeras8M_formato cuadrado

Les dijeron “pinches locas”

Les dijeron “pinches locas” por gritar y pintar una pared para protestar porque le habían matado a sus hijas. Algunos insistían en decir que ellas “no las representaban”. Las regañaron de modo condescendiente por decir groserías (porque una “señorita” siempre debe ser femenina) y por dañar la imagen de su México lindo y querido. Para ellos, esa imagen siempre debe permanecer impoluta, porque (aunque sea una fachada) “cuenta mucho” y es la primera impresión.

A las que íbamos a marchas y protestas (aunque estuviéramos fuera de México) relacionadas con mujeres asesinadas, nos decían “argüenderas” y nos preguntaban qué mosca nos había picado. ¿Cómo se nos ocurría rebajarnos y hacer escándalo? Para ellos, nuestra vida y nuestras preocupaciones debían ser las de unas “reinas en el extranjero”. El simple hecho de escribirlo me da risa de lo ridículo que es.

Pero esos que tanto se burlaron protegidos por su burbujita de cristal… ¿alguna vez se pusieron a pensar en lo que significa la palabra “empatía”? ¿En que no todos viven en edificios con seguridad y con alarmas? ¿En que no todos tienen su cochecito y deben tomar el autobús en la noche para llegar a alguna parte? ¿En lo duro que es tener que escuchar que tu mamá te cuente cómo su brillante alumna del CBTis 118 tuvo que suspender sus estudios por el trauma de, tras volver de su trabajo, ser violada a unas cuadras de su casa cuando volvía caminando por la noche? Hay tantos casos… pero para ellos son invisibles, y no es de su interés hablar sobre ellos.

No tiene caso intentar hablar sobre el tema con quien nunca le ha interesado escuchar, profundizar ni entender los matices de la vida. A ellos ni siquiera les ha preocupado ahondar en lo que esa palabra pueda significar. Ellos solo se quedaron en su puto (¡lo siento por decir semejante palabrota, ya no me van a querer ni hablar por no ser una señorita decente!) mundito donde todo es bien cool y las pláticas solo son de las cenas de sus business contacts… perdón, quise decir “amigos” de su club de negocios, o de lo felices que son al empoderar a las mujeres a través de darle las herramientas didácticas a sus hijas para que sigan ganando el primero lugar en los spelling bees de su escuela privada bilingüe.

El resto del mundo, lleno de “los jodidos” donde “a las pobres mujeres se las golpean por dejadas e ignorantes”, realmente no existe para ellos. Así me lo dijeron: “el mundo es de ganadores y perdedores, y uno no puede hacer nada en contra de eso y hay que aceptarlo”. Su mundito de blanco y negro, polarizado y pseudo racional, no da para más.

Texto basado 100% en mi experiencia personal. Por desgracia, nada de este texto es ficción.